¿POR DÓNDE ENTRA EL MIEDO?
8 de Septiembre, 2008A principios del siglo XX, en los albores de la salud mental, a los que nos dedicamos a esto nos asombró la cantidad de miedos diferentes que podemos tener los seres humanos. Surgieron entonces los libros que daban nombre a estos temores.
El miedo a las alturas se denominó acrofobia. A los gatos, ailurofobia. A los truenos, brontofobia. A los perros, cinofobia. A la suciedad, misofobia. A la oscuridad, nictofobia. A los tiburones, selacofobia. A la muerte, tanatofobia. Y así hasta el infinito…

Las fobias son miedos irracionales centrados en un objeto específico que perturban tanto a la persona como para producir potenciales estragos en su vida.
Serpientes, lugares altos, ratones, aviones, sitios pequeños o arañas son algunos de los más habituales temores. Pero existen cientos de objetos que han sido descritos alguna vez como centros de una fobia.
El agua, las tijeras o los payasos, por ejemplo, generan más temores discapacitantes de los que creemos…
Las fobias se generan mediante un doble mecanismo. Por una parte, empezamos por temer algo porque lo hemos asociado a alguna experiencia negativa. Por otra, comenzamos a evitar aquello que nos genera aprensión y eso hace que cada vez le tengamos más miedo. Evitar el objeto del temor nos hace mitificarlo y aumenta nuestra ansiedad ante cada encuentro. Y el resultado es un ser humano plenamente consciente de la irracionalidad de su temor, pero al que le resulta muy difícil luchar contra él.
¿Cómo surgen estos miedos no adaptativos? Existen varios factores que han sido relacionados con la ansiedad. En primer lugar, existen predisposiciones genéticas. Algunas personas tienen más probabilidades que otras a sentir determinados miedos o a padecer un elevado nivel de ansiedad. Una prueba de ello son los estudios que muestran que los gemelos monocigóticos desarrollan fobias similares, incluso cuando han sido criados separados.
Por otra parte, el miedo se va aprendiendo. Cuando suceden acontecimientos negativos de forma arbitraria e incontrolable, surge la ansiedad. El ser humano soporta sin desasosiego acontecimientos estructurados, pero se hiperactiva ante la continua sospecha que generan los sucesos no pautados. Esto explica por qué las personas ansiosas están siempre muy atentas a las posibles señales de amenaza: necesitan predecir lo que se les viene encima. Al no conseguirlo, aumentan su nivel de temor y éste se convierte en desadaptativo.
Por último, el miedo también se puede “copiar”. Los seres humanos aprendemos a menudo por observación. Y observar los temores de los demás nos puede llevar a generar los mismos miedos en nosotros. Un ejemplo clásico: los padres trasmiten sus temores a los hijos.
En todo caso, parece que los seres humanos adquirimos nuestros miedos por una combinación de factores genéticos y ambientales.
Y una vez interiorizados, esos temores pasan a ser parte de nuestra salud mental.
Quizás la mejor manera de convivir con ellos es conseguir que nos ayuden a preservarnos de peligros… sin anular las experiencias de aprendizaje que conseguimos cuando viajamos en dirección de nuestros miedos.