AQUELARRES

28 de Septiembre, 2009

En el “Compendium Maleficarum”, escrito en el siglo XVII, el demonólogo Guazzo nos ofrece su descripción de un aquelarre:
“Una vez reunidos, estos seguidores del diablo suelen encender una hoguera espantosa, fétida.  El diablo preside la asamblea desde un trono, adoptando una forma terrible, de cabra o perro, y los asistentes se aproximan a él para adorarlo, pero no siempre de la misma manera. 
Pues unas veces doblan la rodilla, como suplicantes, y otras se quedan de pie, dando la espalda, mientras que en otras ocasiones agitan las piernas en el aire a tal altura que se les dobla la cabeza hacia atrás y apuntan con la barbilla hacia el cielo.  Se vuelven de espaldas y, caminando hacia atrás como los cangrejos, tienden las manos para tocarlo y suplicarle”
Dicen los historiadores que la imagen del aquelarre, que aparecería en pesadillas y alucinaciones de millones de personas durante cientos de años, empezó a forjarse allá por el año 1400.  Los teólogos que tejieron la leyenda de esta ritual partieron de estampas que ya habían servido para marginar a otros colectivos: sexualidad tempestuosa, canibalismo, trance alucinógeno, violencia… 
Con ellas, inventaron una especie de parodia de la misa católica.  Y consiguieron crear una escena que despertaba el terror en los que la imaginaban.
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Consiguieron su objetivo: la impresión que produce imaginar un aquelarre tiene mucho que ver con la brutalidad con que fueron tratados los sospechosos de brujería.

Y es que los teólogos usaron sabiamente un principio psicológico: los seres humanos razonamos la mayoría del tiempo de manera dramática, no de forma racional.  Tememos más aquello que nos viene a la mente con mayor facilidad. Y lo que tenemos más disponible para imaginarnos es siempre aquello que más nos ha impresionado. Nada como una escena que nos afecta de forma visceral para hacernos cambiar de opinión.

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Por eso, una imagen vale más que mil palabras.  Interiorizamos lo que hemos imaginado (o nos han hecho imaginar) y no nos planteamos demasiado si aquello es real y si, de serlo, es importante.  Poner algo en imágenes equivale, en ocasiones, a vivirlo, a sentirlo…  y a pensarlo.  Y esto ha sido utilizado a lo largo de la historia por todos aquellos que han intentado manipular la opinión de los demás.

Como bien sabían los cazadores de brujas, una escena morbosa y dramática, que despierte miedos ancestrales, vale más que mil argumentos en contra. 
Porque a lo más visceral del ser humano se suele llegar mejor con imágenes que con palabras. 
 




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