EN OCASIONES VEO PLATILLOS
23 de Junio, 2009Kenneth Arnold, un hombre de negocios estadounidense, se ha hecho famoso gracias a lo que vio en el cielo el 24 de Junio de 1947.
A las dos de la tarde, Arnold, que viajaba sólo en su avioneta privada, observó un brillante fulgor en el cielo. Fijándose más, vio una formación de nueve objetos de aspecto peculiar. En el informe que redactó insistió en que él tuvo la certeza, todo el tiempo que duró el incidente, de estar contemplando aviones de propulsión a chorro…
Pero en una de las entrevistas que realizó para comentar la observación, Arnold introdujo una metáfora que, más tarde, cambiaría la forma de mirar el cielo de millones de personas. Según este hombre de negocios, los aviones que él vio se movían en el cielo como si fueran platillos saltando sobre el agua.
Un periodista avispado adivinó las posibilidades del término platillos volantes y, a partir de entonces, ese fue el nombre genérico que se aplicó a los objetos volantes que no tenemos suficientes datos para identificar.

Kenneth Arnold no dijo jamás que sus aviones raros se parecieran a platillos. De hecho, siempre defendió que estaba demasiado lejos para saber qué forma tenían. Pero una ocurrencia ingeniosa de un periodista convirtió sus aviones en un objeto de forma estrambótica. Y, a partir de entonces, la inmensa mayoría de las personas que ven cosas extrañas en el cielo deciden que esos aparatos tienen forma de platillo.

La relación entre percepción y expectativas es clásica en psicología. Pocas veces tenemos la oportunidad de ver cosas claramente definidas. En la mayoría de las ocasiones tenemos que adivinar los rasgos del objeto a partir de lo que entrevemos.
Y lo hacemos siempre siguiendo nuestros prejuicios. Vemos lo que esperamos ver. Cuando percibimos algo indefinido, acomodamos sus rasgos para que entre dentro de una categoría conocida y controlable.
De esa forma podemos vivir en un mundo poblado por objetos conocidos. La sociedad nos dice qué cosa tenemos que calificar como cuadro y cuál no; qué es música y qué es ruido; qué es una silla y qué es una mesa. No importa que a veces las fronteras no sean muy definidas: una vez que asignamos un nombre a un objeto, ajustamos sus rasgos para que se parezca a lo que esperamos ver…
Esto nos permite no perder la cordura. Si cada vez que una persona viera algo indefinido pensara que es algo extraño, la psicosis se adueñaría del mundo. Por eso es tan importante crear una categoría: a partir de ahí, todo lo inclasificable se amoldará a esa forma.

Desde que Kenneth Arnold explicó lo que había visto con aquella metáfora, las nubes lenticulares, los planetas, las luces de los aviones y cualquier otro tipo de objetos volantes no identificados empezaron a adquirir forma de platillo.
Dejar que las expectativas guíen nuestra percepción suele ser una buena táctica para no volvernos locos.
Pero el problema es que a veces no nos dejan ver lo que hay de verdad.