CAMINANDO POR EL LADO SALVAJE
27 de Octubre, 2009En el siglo XIX, durante el reinado de Isabel II, un hombre fue condenado a garrote vil tras ser encontrado culpable de crímenes espeluznantes…
El acusado se dedicaba a la venta ambulante y sus dos primeras victimas fueron una mujer y su hija de corta edad. Vagaba por los bosques y buscaba a aquellos que iba a asesinar olfateándolos. Cuando fue capturado, él mismo confesó sus accesos de locura. “Por culpa de una maldición”, decía, “me convertía en lobo, desnudándome primero y revolcándome por el suelo hasta tomar dicha forma”.
A pesar de que se llegó a dictar una sentencia de muerte, el acusado fue amnistiado en el último momento. Se cuenta que la Reina tomó esa decisión después de la intercesión de un médico hipnólogo francés que convenció a la regente de que este hombre padecía una enfermedad llamada licantropía. Gracias a eso, fue trasladado a la prisión de su localidad natal, donde desapareció. Hay quién dice que murió asesinado, hay quien cuenta que sigue vagando por los bosques de Galicia…

El mito del hombre-lobo es parte de un tipo de narraciones que aparecen en infinidad de culturas. Son las historias de personas que se convierten en animales y ceden a los instintos que se les suponen a estos seres. Según la leyenda, estos individuos siempre adoptan el lado más salvaje y violento de los animales en que se convierten: se transforman en bestias depredadoras.
Es fácil ver, detrás de estas historias, la imagen de la naturaleza que el ser humano ha forjado. A medida que hemos creado nuestra propia civilización, hemos intentado acallar nuestra parte animal. Y para eso hemos utilizado un mecanismo habitual a la hora de reprimir algo: nos hemos convencido a nosotros mismos de que era muy negativo.
Los investigadores llaman a esto disonancia cognitiva: la teoría psicológica predice que cuando nos sentimos obligados a tomar una decisión difícil, que nos supone renunciar a algo que no estamos seguros de querer abandonar, nuestra mente se pone en marcha y empieza a encontrar el lado oscuro de aquello a lo que hemos renunciado. Algo así ha hecho el ser humano con su parte animal: como la tenemos que reprimir para vivir en sociedad, hemos empezado a inventar leyendas que nos hablan de su maldad.
Pero el caso es que todo esto es, simplemente, un mecanismo psicológico. No es cierto que el lado salvaje sea tan negativo. Por ejemplo, la leyenda del hombre lobo se basa en falsedades evidentes. Los lobos raramente cazan personas (hay quién dice que, de hecho, no hay un solo caso documentado de semejante cosa). Los lobos raramente viven en soledad. Y, desde luego, los lobos matan para comer: nunca asesinarían por motivos sexuales o por sadismo.

De hecho, este asesino gallego está más cerca de un fenómeno completamente urbano y artificial: la figura del psycho killer moderno.
Si de verdad un humano se convirtiera en lobo, sería un animal mucho más benigno que el que representaba nuestro protagonista.
No hay que engañarse: dejarse llevar por el lado salvaje tiene, como todo, consecuencias. Pero no son tan tenebrosas.