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MANTRA NÚMERO TREINTA: “NO SIEMPRE ES BUENO ASCENDER”

Lunes, 6 de Abril de 2009

El 2 de Julio de 1982 un piloto transmitió perplejo a la torre de control lo que estaba viendo. Un poco por debajo de él había divisado a un hombre sentado en una silla de jardín con un arma en el regazo. El piloto no estaba borracho ni sufría ningún tipo de alucinación: el sujeto en cuestión había pasado por debajo del avión, se llamaba Larry Walters, era camionero de profesión y había decidido volar.

Larry no tenía formación técnica para cumplir su sueño y -peor aún- no tenía avión. Pero había decidido que esos pequeños inconvenientes no frustrarían sus propósitos. Guardaba celosamente varias decenas de globos sonda meteorológicos que, siendo solamente un niño, había comprado en un almacén de excedentes de la Armada bajo la firme determinación de ejecutar algún día su proyecto.

David 1.jpgY aquel épico 2 de Julio, Larry llevó a cabo su hazaña. Acudió con su novia a la pista de despegue (es decir, al jardín de atrás de la casa de ella) ató cuarenta y dos globos de su particular tesoro infantil a una silla de jardín y los fue inflando con helio uno a uno. Su equipaje se componía de una botella grande de gaseosa, un transmisor de radioaficionado para alertar a otras aeronaves de su presencia y comunicarse con su “tripulación” en tierra (o sea, su sufrida novia) un altímetro y una escopeta de aire comprimido. El rifle, el objeto que tanto asustó al piloto de aviación que contempló su vuelo, debería servir para explotar los globos cuando decidiera descender.

Cuando el “Inspiración I” -así bautizó a su silla voladora- estuvo finalmente preparado su creador se sentó a bordo con un paracaídas e hizo una señal. Dos amigos soltaron las sogas de nylon que mantenían el invento anclado al parachoques del jeep de uno de ellos. Y sucedió algo imprevisto: Larry salió impulsado hacia arriba a una vertiginosa velocidad de 5 metros por segundo que incluso le hizo perder sus gafas de sol. Los que le contemplaban desde tierra vieron como iba desapareciendo en el cielo, convirtiéndose en un punto lejano y casi irreconocible.

Su ascenso continuó durante varios minutos hasta alcanzar una altitud de 5.000 metros. Después, Larry permaneció flotando a la deriva sobre el cielo de Los Angeles durante varias horas, mareado y medio congelado por las bajas temperaturas. Y aunque llevaba una cámara, la impresión le impidió tomar una sola fotografía. Desde el aire sintonizó también con un canal de emergencias para explicar su situación.

El operador de servicio no salía de su asombro conforme escuchaba todos los detalles que aquél le iba dando para facilitar su localización.

Ese día, Larry se hizo famoso.  Los que le conocieron, dicen que él no lo pretendía: era un hombre sencillo que solo pretendía volar. De hecho, le regaló la silla de jardín que le dió la gloria a unos niños que le ayudaron a levantarse del suelo cuando le rescataron de entre los cables.

Como era un hombre taciturno y de pocas palabras, los medios de comunicación no le pudieron sacar mucho partido: en poco tiempo fue olvidado por el público. Su novia, la chica que le había ayudado en su despegue hacia la fama, estaba enamorada de ese hombre sencillo, pero no soportó la avalancha de la fama y acabó abandonándole. Y, además, Larry acabó arruinado: solo consiguió hacer un anuncio para una marca de relojes, uno de esos en los que no hay que hablar. No ganó ni siquiera lo suficiente para pagar la multa que le pusieron las autoridades por su vuelo no autorizado.
La fama crea poder y el poder destruye a las personas que no están a gusto con él. A los cuarenta y cuatro años, Larry Walters fue una vez más de excursión a la naturaleza, el lugar donde encontraba la paz. Esta vez optó por el Parque Nacional de Los Ángeles. Allí caminó hasta un remoto paraje y se suicidó disparándose en el corazón.

David 2.jpg

Así consiguió que, al fin, le dejaran en paz.




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