CONTRA LO DE ARRIBA
Jueves, 5 de Junio de 2008Cuando el escritor Stephen King tenía dieciséis años y paseaba por el bosque, un avión cruzó la barrera del sonido en el cielo. Así describió la experiencia, muchos años después, en uno de sus libros:
“Me arrojé al suelo cubierto de hojas, con las manos sobre la cabeza y el corazón desbocado, convencido de que iba a morir. Esperé que cayera la bomba, y cuando pasaron treinta segundos y no sucedió nada, me levanté despacio. Entonces me percaté de que no había sido el único que se había asustado por el súbito tronido en el cielo. Que yo recordara, era la primera vez que en el pequeño bosque situado detrás de nuestra casa de Proud’s Neck reinaba un silencio absoluto.
Permanecí de pie bajo un haz de luz moteado de polvo, con trocitos de hojas secas adheridos a la camiseta y los tejanos, y agucé el oído con la respiración contenida. Nunca había percibido un silencio igual. Incluso en los días más fríos de Enero, el bosque estaba lleno de ruidos. Finalmente, oí el canto de un pinzón. Después de dos o tres segundos de silencio, le respondió un grajo. Dos o tres segundos más, y una corneja se sumó al coro. Un pájaro carpintero comenzó a martillar un tronco en busca de gusanos. Una ardilla correteó…”
El síndrome de indefensión es, tristemente, una de las sensaciones que compartimos los humanos con el resto de animales. Consiste en la sensación de que los acontecimientos escapan a nuestro control y no podemos hacer nada para defendernos de lo que va a venir. El resultado más habitual es la parálisis de nuestro organismo: si nada podemos hacer, nuestra vida se interrumpe para esperar la muerte.
Ese clima de silencio, de espera indefensa, es la que recuerdan muchas víctimas de acontecimientos que producen indefensión. La naturaleza parece detenerse porque la actividad no tiene sentido cuando llega algo contra lo que nuestros actos no pueden luchar.
La indefensión más brutal que existe es seguramente, la que produce aquello que viene desde lo alto y no se ve. Las religiones están llenas de dioses iracundos que viven allá arriba y nos vigilan. Cuando algo les ofende, lanzan sobre nosotros rayos o acuden ellos mismos a castigarnos. No importa cómo ejecuten su venganza: nuestra indefensión es absoluta.

Quizás por esa sensación de vulnerabilidad que nos produce lo que viene de arriba, muchos de los miedos inventados por los seres humanos provienen de las alturas. Del cielo proceden los OVNIS que raptan personas. Por el cielo vuelan, también, las brujas. Y del cielo vienen las bombas y los misiles que asesinan personas durante los bombardeos.
El miedo es tan brutal durante un ataque aéreo que algunos pacientes que los han vivido me han descrito la sensación de alivio que se produce cuando ya por fin el hecho ha sucedido, aunque sus casas hayan quedado destruidas y hayan muerto miembros de su familia.
Cuando recuperamos el control sobre nuestras vidas, volvemos a vivir. No importa lo terrible que sean las circunstancias, no importa si estamos llenos de ira o de alegría. Solo importa que hemos dejado de estar indefensos ante los que antes estaban encima de nosotros.