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MANTRA NÚMERO VEINTE:”TODOS ESTAMOS LOCOS”

Lunes, 5 de Mayo de 2008

Normandía, Francia, año 1647.  En el convento de Louviers ejerce de capellán el padre Pierre David.  Este sacerdote profesa la doctrina de los iluminados, según la cual una persona que ha adquirido conocimiento (ha sido “iluminada”) a través del Espíritu Santo no puede cometer pecado alguno. 
Los practicantes, movidos por esa exención de culpa, adoran a Dios desnudos, siguiendo el ejemplo de Adán.  Creen que cuando se llega a un estado de devoción interior o quietud, cualquier acto que se cometa, por perverso que parezca, es santo.
La doctrina se va adueñando del ámbito cerrado del convento.  Las monjas, que recibían la comunión sin ropa y ayunaban, a veces, durante ocho o nueve días, empiezan a tener visiones en los momentos de descanso. 
Así nos cuenta sor María del Santo Sacramento, novicia en este convento, una de estas ensoñaciones: “En una ocasión, el padre Picard pasó junto a mí y me puso una mano en el estómago, e inmediatamente me invadieron fantasías sumamente turbadoras.  Cuando me acosté, a eso de las nueve de la noche, vi en tres ocasiones enormes chispas que caían del techo a la colcha.  Me asusté mucho.  Otro día se me posó un peso tremendo sobre los hombros y creí que iba a ahogarme.  Me arrastré como pude hasta la celda de la madre superiora y noté que el peso se desprendía hasta el suelo produciendo un fuerte ruido.  En ese mismo instante yo también caí y me hice daño, y me salió sangre por la nariz y por la boca…”

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La historia de los curas y monjas de Louviers terminó con la condena a la hoguera de varias personas…  ¿Serían tan extrañas las historias que tejían o, simplemente, fueron sacadas de contexto por las ideas que circulaban en el ambiente de la época? 
En todo caso, la trágica historia de estos hombres y mujeres me lleva a pensar sobre un tema curiosamente poco estudiado: las ensoñaciones… 
El ambiente de un convento, las tareas rutinarias y la necesidad de evadirse de su vida real llevaron a estas mujeres a un mundo en donde las ensoñaciones ocupaban un lugar demasiado importante en sus vidas.

 

He leído en diversas investigaciones que estas imágenes a medio camino entre lo racional y lo irracional tienen un doble papel.  Por una parte, nos permiten soñar aquello que no nos atrevemos a realizar. Por eso la sexualidad, la transgresión del orden y el poder son temas tan frecuentes.
Por otra parte, las ensoñaciones nos ayudan a pensar. A lo largo del día, los seres humanos procesamos una abrumadora cantidad de información.   Continuamente estamos elaborando los estímulos que nos llegan, pero, habitualmente, no somos conscientes de ello.  Cuando nos sentamos a descansar o realizamos una tarea aburrida, todo este material sin elaborar aflora a la mente, y esto sería una ensoñación: pensamiento no terminado.  La emergencia de este material es como una señal de urgencia que nos obliga a meternos en nosotros mismos y elaborar aquello que hemos dejado a medias.

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Sé, por experiencia, que todos seríamos tomados por locos si se pudieran escuchar todos nuestros pensamientos. Por suerte, esto casi nunca ocurre y, habitualmente, tenemos tiempo para elaborarlos antes de que los demás los conozcan.
Lo contrario podría ser peligroso.
En Louviers, las personas que dejaron escapar ese pensamiento sin construir acabaron en la hoguera.




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