MANTRA NÚMERO TREINTA Y UNO: “TODOS SOMOS MANIPULABLES”
Martes, 26 de Mayo de 2009A mediados de los años 50 del siglo pasado, Antón La Vey, fundador de la Iglesia de Satán, compra La casa negra, una afamada casa de citas de California y la transforma en el primer templo consagrado al diablo.
Alrededor de él, poco a poco, se congregan un grupo de abogados, médicos, artistas e intelectuales. Antón LaVey inventa ceremonias que preside con solemnidad: la cabeza afeitada, la perilla negra rompiendo la palidez de su rostro y las largas túnicas negras explican parte de su atractivo. En poco tiempo, los medios de comunicación se vuelcan sobre este personaje que aparece ante las cámaras declarando solemnemente: “malditos sean los virtuosamente débiles pues ellos parecerán bajo la pezuña del diablo”. La Iglesia de Satán llega a tener en sus mejores tiempos cientos de miles de seguidores.

Anton LaVey, que había trabajado durante años en circos y barracas de feria, consiguió reunir miles de adeptos siguiendo una máxima sencilla que muchas investigaciones pusieron luego de manifiesto. Cuando los seres humanos creemos que un tema es muy importante o estamos involucrados emocionalmente en él, tendemos a analizar la información que nos llega y a valorar el contenido de los mensajes de aquellos que nos intentan convencer.
Pero cuando el asunto no nos interesa o no nos involucra emocionalmente, nos dejaremos guiar en nuestras opiniones por el atractivo de la persona que escuchamos, el ambiente que la rodea, su forma de vestir.
Antón LaVey consiguió un gran éxito al convertir el satanismo en un asunto estético. Su imagen, que aparece en miles de fotografías muy cuidadas, es recordada por todos aquellos que han coqueteado con el tema.

De sus rituales se ha hablado en cientos de artículos periodísticos. Consiguió, por ejemplo, ampliar su fama al oficiar el primer entierro satánico: la polémica recorrió todo el país. Y completó su éxito al ser relacionado con la muerte en accidente de tráfico de Jayne Mansfield: según se dijo, LaVey la había despedido de la Iglesia de Satán y había pronunciado una maldición contra ella. La actriz murió decapitada en el accidente…
LaVey utilizaba técnicas sencillas que hacían que sus oyentes no sintieran la necesidad de reflexionar sobre el mensaje: repetía incansablemente frases ampulosas sin demasiado significado, acentuaba el lado lúdico del culto a Satán, concedía gran importancia a los rituales y hablaba de la moral como algo trivial. De esta forma consiguió el ideal en técnicas de persuasión: que las personas entraran en su grupo sin llegar a plantearse cuál era el contenido real.
La estética triunfaba sobre la ética.
Quizás sea adaptativo que las personas sólo seamos críticas y nos paremos a pensar cuando creemos que el tema es importante. Nadie tiene tiempo de pensar sobre todo. Pero esas zonas sin analizar pueden ser peligrosas. Hay quien dice que todo el mal que se hace en el mundo ocurre por indiferencia, no por maldad real.
Antón LaVey y su Iglesia de Satán son un ejemplo de fenómenos que nos pueden parecer simpáticos e indiferentes.
Pero hay que recordar que sus ceremonias terminaban con un grito: ¡Heil Satan!.
Demasiado parecido a otro personaje que consiguió ganar adeptos a base de una estética supuestamente intrascendente…