HACERSE AMIGO DEL TIEMPO
Jueves, 17 de Enero de 2008La idea de atar el tiempo, de hacer de él un factor objetivo, no es tan antigua como solemos creer…
El año 1481, los ciudadanos de Lyon pidieron a las autoridades que erigieran una torre de reloj con la esperanza de que les permitiera “llevar una vida más ordenada? y vivir así “felices y contentos?. Los comerciantes e industriales de la ciudad fueron los principales abogados del cómputo exacto del tiempo. A partir de ahí, las catedrales europeas empezaron a incorporar un reloj.
Después, el asunto se hizo más oficial y menos místico: se empezaron a levantar torres de reloj con el propósito de mostrar la existencia de orden en el mundo. La de Estrasburgo, por ejemplo, comenzó a erigirse en 1527 y tardó en ser construida veintisiete años.

Probablemente la construcción de esa torre aumentó el sentido del orden entre los habitantes de aquella ciudad. Pero seguro que no acabó con las diferencias en la forma de sentir el tiempo. Porque aunque tengamos una medida objetiva para ese factor, los seres humanos vivimos su transcurso de forma absolutamente diferente según se encuentren nuestro estado anímico y nuestras circunstancias vitales.
Un ejemplo: las personas tendemos a aburrirnos cuando pasamos más de un cuarto de hora esperando a alguien que no llega. El hecho de que estemos esperando un acontecimiento, hace que la espera se nos haga muy larga.
Hace un tiempo, leí una investigación de la Universidad de Jersusalen trataba de explicar algo más sobre la percepción del tiempo. Según aquel estudio, había otro factor que influye en cómo percibimos al dios Cronos: las rutinas. Ejecutar siempre los mismos rituales cada día hace que los días pasen más rápido. Las rutinas son una forma de inacción.
Por eso, cuando somos niños el tiempo pasa mucho más lento. El mundo es enteramente nuevo y cada instante aporta nuevas experiencias. A medida que nos vamos haciendo mayores, empezamos a pensar que no hay nada nuevo bajo el sol y el tiempo se va acelerando.
La metáfora que usaban aquellos investigadores es muy gráfica: las rutinas constituyen una línea recta en nuestra memoria, son la forma más rápida de llegar al final. Las nuevas experiencias son, sin embargo, desviaciones en forma de curva que hacen que el final del día tarde más en llegar.
En fin que, si queremos que nuestro tiempo vaya más despacio y que la vida no se nos escape sin darnos cuenta, lo que tenemos que hacer es agitarla.
Me gustó el consejo.
Me gustó la idea de librarme de la tiranía del tiempo objetivo.
Me gusta pensar que puedo hacer que una hora pase más deprisa o más despacio aunque, según el reloj de la torre, el tiempo objetivo haya sido el mismo.