REPUTACIÓN
Miércoles, 12 de Agosto de 2009En el año 1561 nace en un castillo de Hungría la condesa Erzsébet Báthory. Pertenecía a una familia noble que contaba entre sus miembros con personajes de ilustre linaje, entre los que destacaban varios príncipes de Transilvania e, incluso, un rey de Polonia.
Sin embargo, su vida y sus crímenes la llevaron a ser conocida como “la condesa sangrienta” y a morir emparedada en una habitación del castillo donde había nacido.
Erzsébet, según la sentencia, había acabado con la vida de 610 muchachas. Buscaba en ellas sangre que la hiciera permanecer eternamente joven. En el juicio y en los libros que después se han escrito sobre la Condesa Sangrienta se habla de sus orgías sangrientas y de cómo utilizaba la famosa doncella de hierro, una especie de robot metálico que por fuera mostraba una bella dama y por dentro era un hueco donde cabía una persona. Al accionarlo, unos puñales entraban en el interior y la persona moría…
Si algo de lo que se cuenta de Erzsébet es verdad, es fácil pensar que era una persona desequilibrada. Pero conviene no olvidar, en estos casos, la importancia de la psicología de la reputación. Los estudios sobre la reputación y la autopresentación de las personas nos pueden decir mucho sobre cómo se llegan a forjar mitos como los de la Condesa Sangrienta.
Los seres humanos basamos nuestra existencia social en formas de cooperación que no están del todo reguladas. Se supone, por ejemplo, que uno espera reciprocidad en los favores o que respeta ciertas jerarquías a cambio de que los demás respeten el lugar que uno ocupa en la escala social. Pero todo esto, que cada vez está más regulado por leyes y formalizado dependía, en otras épocas, de la capacidad que tuviera una persona para hacerse respetar.
Vivimos en una época en que gran cantidad de asuntos están regidos por la norma de la igualdad: en esos temas, no es importante quién es la persona para que consiga o no sus fines. Y aún así, los experimentos demuestran que somos conscientes de qué pensarán los demás siempre que hacemos una cosa.
Es fácil imaginarse la época en la que vivió Erzsébet y darse cuenta de la importancia de controlar la presentación social, de mantener la reputación.
La condesa sangrienta enviudó pronto y, curiosamente, fue a partir de ahí cuando su leyenda empezó a tomar cuerpo. Las investigaciones siempre muestran que las personas empiezan a controlar más su reputación a medida que ven su futuro amenazado…

¿Quizás fue eso lo que hizo Erzsébet, rodearse de una leyenda para tratar de conservar su papel autoritario en un mundo en el que una mujer sola tenía difícil hacerse respetar?
¿Quizás se creyó su propio personaje y los delitos de los que fue acusada fueron cometidos realmente?
¿Quizás sobreactuó y fue víctima de su propia reputación?