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VIVIR JUGANDO

Lunes, 28 de Abril de 2008

El cine y la literatura se adentran pocas veces en el juego infantil. En las historias que contamos los adultos, los niños dedicados a esa actividad solo son parte del paisaje. Pocas veces la vida y el juego se mezclan como ocurre en la mente infantil.
Una de mis películas míticas es “Juegos prohibidos”, del director René Clement. 
La historia transcurre durante la guerra: una niña que pierde a su familia cuando huyen de la ciudad es adoptada espontáneamente por una familia de la campiña francesa. Los granjeros tienen también un hijo y los dos niños se confabulan para convertir todo lo que tienen alrededor en un inmenso juego que llene sus días de ocio.  Sin colegio, sin deberes, sin casi nada en que poder ayudar a sus padres porque la guerra ha paralizado toda actividad, los protagonistas inventan e inventan historias a partir de la guerra, de la muerte o de la naturaleza.  Todo cabe en sus juegos, porque son niños y lo único que hacen es divertirse.
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Cuando hablamos de felicidad nos referimos habitualmente a dos conceptos distintos.  Por una parte estaría la felicidad entendida como disfrute vital. 
La otra idea de felicidad se refiere al estado de ánimo que se adquiere cuando hemos alcanzado algún objetivo vital.  Es la felicidad del que, al menos en parte, vive de acuerdo con su ideal.
Lo que parecen enseñarnos las investigaciones en psicología es que los dos conceptos son relativamente independientes.  No son incompatibles, pero el haber alcanzado uno no significa que estemos cerca del otro.  Se puede disfrutar, por ejemplo, de la sensación de cumplir con objetivos vitales pero echar en falta el hedonismo y el placer.  Porque muchas veces luchar por nuestras metas supone sacrificar placeres cotidianos.

Para muchos antropólogos, una de las características de la civilización euroamericana en la que vivimos es su tendencia a entender el placer como consecución de objetivos.  Cada vez nos cuesta más experimentar la diversión sin metas.  Vamos a gimnasios para estar mejor físicamente, acudimos a fiestas para ver a gente que nos interesa en nuestro trabajo, buscamos que los niños jueguen aprendiendo algo…
El precio que estamos pagando por olvidar el hedonismo es alto.  Incluso nuestros sueños y fantasías están cada vez más influidos por la vida cotidiana.  Nos cuesta fantasear y divertirnos y, quizás por eso, nos cuesta cada vez más desconectar.  Y eso no es muy buena señal, porque la falta de capacidad de desconexión es el factor más relacionado con el distrés, el estrés negativo.

El juego, la ensoñación, el pensamiento sin objetivo se están quedando sin espacio en nuestra cultura. 
Es como aquella secuencia de “Juegos prohibidos” en que la protagonista llama, como ha hecho otras veces, a su amigo.  Sigue llamando y llamando, cada vez más alto, gritando su nombre.  Pero esta vez es inútil: los adultos han decidido separarlos.  El tiempo del juego ha terminado.   
Que no nos ocurra eso nunca…




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