NADAR ENTRE DOS ORILLAS
Jueves, 7 de Mayo de 2009Pienso en muchos pacientes cuando escribo este post. Pienso en cualquiera que no crea que, por el hecho de ser hombre o mujer, deba asumir ciertas características…

Cuando se habla de estos temas, los psicólogos solemos recordar los estudios de Sandra Lipsitz Bem. Sus investigaciones sobre género le llevaron a elaborar una escala con rasgos tradicionalmente asociados a los hombres (ambición, seguridad en sí mismo, asertividad,…) y otros típicamente asociados a las mujeres (afecto, amabilidad, comprensión,…). Cuando pasó ese cuestionario a un numeroso grupo de estudiantes descubrió que sólo la mitad de ellos mantenía el rol sexual clásico. Del resto, el 15% se identificaron completamente con características tradicionales del sexo opuesto y el otro 35% resultaban ser lo que los investigadores denominaron andróginos, es decir, personas que obtenían calificaciones aproximadamente iguales en lo masculino y lo femenino.
Esto marcó el estudio de lo que tradicionalmente se ha denominado androginia. Y el resultado final de las investigaciones fue muy claro: los estudiantes andróginos eran personas con un mejor ajuste personal. Por ejemplo, las mujeres andróginas demostraban una mayor independencia en sus criterios personales que las mujeres con un rol más tradicional.
Otros investigadores descubrieron posteriormente conexiones entre androginia y ajuste personal. Una investigación de los años ochenta llegó a la conclusión de que las personas andróginas tienden a sentirse más alegres y a tolerar el estrés mejor que las personas que se conforman con los roles sexuales tradicionales. Otro estudio de esa década demostró que los andróginos suelen ser considerados por los demás como personas más adaptadas. Y una tercera investigación –ya de los años noventa- observó que entre las mujeres la androginia se acompaña de mayor autoestima.
Queda pendiente, eso sí, la dificultad que supone el sentirse diferente de la norma en ciertos ambientes. Hay ámbitos en los que los papeles tradicionales tienen mucha fuerza y a los hombres y a las mujeres se les pedirán comportamientos, formas de hablar y sentimientos absolutamente diferentes. En esas circunstancias, se vive una guerra de géneros en la que continuamente le recuerdan a la persona que las barricadas solo tienen dos lados.

La duda, al final, es la de siempre: optar por lo que creemos que más nos va a desarrollar como personas o quedarnos con aquello que nos limita pero nos acerca más a los demás. Para algunos de mis pacientes, ha sido muy difícil tomar una decisión al respecto.
Y lo comprendo.