LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE…
Viernes, 9 de Mayo de 2008Un día del año de 1603, en una aldea del sudoeste de Francia, unas pastorcillas cuidaban sus ovejas cuando las sorprendió un muchacho de 14 años de aspecto muy extraño que les dijo que era un hombre lobo y les contó su historia:
“Un hombre me dio una capa de piel de lobo. Me envuelvo con ella y todos los lunes; viernes y domingos por el día y el resto al anochecer, soy un lobo, un hombre lobo, durante una hora. He matado perros y he bebido su sangre; pero las niñas saben mejor, tienen la carne tierna y dulce y su sangre es caliente y espesa”

El niño se llamaba Jean Grenier, y su narración se ha convertido en la más citada cuando se menciona la palabra licantropía. Su historia coincidió con la muerte de algunos niños a manos de lobos en la zona de Gascuña. Por eso, cuando las tres niñas contaron esta conversación a las autoridades, la pesadilla de Jean y de toda la comarca empezó a cobrar forma.
La importancia de la etiqueta que se imponga a las personas es bien conocida en psicología. Multitud de experimentos demuestran que, cuando clasificamos a alguien con un determinado adjetivo, cualquier cosa que esa persona haga o diga será interpretada como una confirmación de esa característica personal.
Jean Granier, tenía una fisonomía canina muy marcada. Sus mandíbulas sobresalían y por debajo del labio superior asomaban dos colmillos.

Cuando se le interrogó, admitió haber entrado en una casa vacía en dónde encontró a un niño dormido en su cuna. Contó como había raptado y devorado al bebé… También como se había comido a una pequeña pastorcita o como había luchado con un perro.
Jean era un discapacitado mental que también alardeaba de haberse acostado con todas las mujeres de la aldea. En esto nadie le creyó, pero, sin embargo, su historia del pacto con el demonio y conversión en hombre-lobo se convirtió en una verdad ante la que todos los datos acababan por encajar. Varios niños que estaban presentes en el momento en que un lobo cogió a uno de sus compañeros, relacionaron estas circunstancias con la historia de Jean.
Y la leyenda del hombre-lobo, acabó por imponerse. El padre del niño y un vecino fueron torturados y encarcelados, y Jean fue condenado a ser ahorcado y a que su cuerpo fuera quemado públicamente.
Las clasificaciones que hacemos de los demás son tan difíciles de cambiar que, incluso, cuando el Parlamento francés revisó la sentencia y salvó al niño de morir ajusticiado, no fue capaz de discutir la relación de Jean con el demonio. Le absolvieron de la pena de muerte y le condenaron a encerrarse de por vida en un monasterio, porque, según ellos, el muchacho padecía una enfermedad llamada licantropía producida por un espíritu del mal, que engañaba a los hombres haciéndoles creer que eran lobos.
El niño se salvó de morir, pero nadie pudo quitarle la fama de asociado al demonio.
Una vez que le pusieron la etiqueta, nadie se atrevió a quitársela.