¿NO DEBERÍAMOS SABER?

Hay una idea que está detrás de muchos de los temores que los seres humanos han sentido a lo largo de la historia.  Es el tópico del conocimiento prohibido, la intuición de que existen datos a los que no deberían acceder todas las personas porque resultan demasiado peligrosos…
A lo largo del tiempo, ese miedo al conocimiento prohibido se ha ido manifestando de diversas formas.  Pero la historia que se nos cuenta tiene una estructura idéntica. Un grupo de seres humanos descubren algo sobre el mundo.  Otro grupo piensa que ese algo es demasiado peligroso y puede causar una catástrofe.
Por suerte, hasta ahora los últimos siempre se han equivocado.
El cine, por ejemplo, ha jugado con esta idea del conocimiento prohibido para crear historias de terror.  Los guiones del género están repletos de libros que es muy peligroso leer, hallazgos científicos que el ser humano no debería haber encontrado y poderes que ninguna persona debería poseer.

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Quizás la primera vez que apareció este tópico en el cine fue en “El gabinete del doctor Caligari”, una película del año 1919.  Aquí el conocimiento prohibido, aquello que el ser humano había descubierto y podía resultar peligroso era la hipnosis.  En esta época se empezaban a difundir las características del estado hipnótico.  E inmediatamente surgió la idea de que habíamos descubierto algo que podía dar, a determinadas personas, un excesivo poder sobre los demás.
En “El gabinete del doctor Caligari”, un siniestro médico hipnotiza a un paciente de un psiquiátrico para que cometa una serie de crímenes.  La película plasma en inquietantes imágenes el equívoco fundamental que se produce cuando uno observa a una persona hipnotizada.  Desde fuera, da la impresión de que el hipnotizado ha perdido completamente su voluntad y está a merced del hipnotizador.  Y eso puede ser muy peligroso.

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En realidad, lo que se produce durante el estado hipnótico es un aumento de la implicación emocional de las personas en aquello que están haciendo.  Si el hipnotizador pide a la persona que se sumerja, por ejemplo, en un determinado estado emocional, ésta se sentirá absorbida por ese sentimiento y lo experimentará como real.
Además, el hipnotizado siente que es el hipnotizador el que maneja los hilos.  Estas dos características unidas son las que nos hacen temer la posibilidad de manipular.  Pero, a medida que se fue avanzando en el estudio de la hipnosis, se comprobó que el temor no era fundado.
La persona hipnotizada deja que sea otro el que maneja los hilos mientras que las ordenes que reciba no vayan en contra de sí mismo o de sus concepciones éticas.  Hay que recordar que la hipnosis es un estado emocionalmente profundo: si se nos pide que en ese estado hagamos algo que va en contra de nuestros principios, la rebelión tendrá más fuerza, incluso, que en el estado de vigilia.

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El temor que refleja “El gabinete del doctor Caligari” resultó infundado.
Pero se diría que el ser humano seguirá teniendo miedo a haber abierto la Caja de Pandora.
Porque parece que llevamos muy dentro esa dicotomía: somos curiosos y nos gusta conocer.  Pero después, nos da miedo lo que hemos encontrado.

 

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Los siete pilares de la Acojonología

Me fascina el arte que tienen ciertas personas para asustar a los demás. No me refiero a los que provocan recelo porque son capaces de hacer daño (es muy fácil amedrentar cuando la amenaza es real). Hablo de los que nos ponen los pelos de punta sin motivos. Los Acojonadores.

Desde pequeño, mientras sufría las amenazas de matones de clase que conseguían aterrorizarme aunque sabía que eran unos pringados y profesores asustaniños que disfrutaban con el único poder que tenían, he intentado estudiar las tácticas de estos sobrecogedores individuos. Les he visto actuar tanto en la esfera pública como en la privada. He oído a políticos trafiancantes de miedo y he leido de sus métodos en libros como El miedo en Occidente de Jean Delumeau. En terapia, no me ha gustado saber pero he sabido como estos individuos hacían temblar a hijos, padres, profesores, parejas (e, incluso, amigos) sin un solo as bajo la manga, utilizando únicamente su dominio de la Acojonología. Y en mi vida privada, han conseguido que me cague de miedo cuando debería haberme cagado de risa.

He intentado no evitarlos (cuando se debe la vida a la huida, solo nos queda la mitad de nosotros). Y por fin, después de todos estos años de estudio exhaustivo, creo estar en disposición de resumiros el método que utilizan en siete pasos. Allá van:

1)      Elijen un tema visceral. Usan nuestro miedo a la muerte o la locura, nuestro miedo a la pobreza o a la soledad… Siempre van directos al corazón.

2)      Utilizan fuentes difusas pero creíbles para apoyarse. Nos dicen que alguien o algo nos amenaza y citan continuamente a la masa (“Todo el mundo dice que…“) o a expertos que no conocemos para apoyar sus argumentos.

3)      Usan los datos que les convienen para intimidarnos. No suelen mentirnos, pero no nos cuentan nunca toda la verdad. Solo responden a las preguntas que quieren plantearse y nos convencen de que ésas son las únicas importantes.

4)      Buscan palabras o imágenes impactantes. Les gusta recurrir a lenguaje que no entendemos y a escenas que se quedan grabadas en nuestra retina aunque nunca hayan ocurrido. Y así, si no nos dan miedo con lo que ocurre, nos asustan con lo que sucederá.

5)      Favorecen nuestro sentido de rebaño. Nos convencen de que “nosotros” -nos indican quiénes somos los buenos- estamos siendo amenazados por “ellos” -señalan con el dedo a los malos.

6)      Nos crean indefensión. Para eso solo tienen que introducir en nuestras mentes la certeza de que no podemos hacer nada contra lo que se nos viene encima.

7)      Se proponen como salvadores. Nos explican por qué ellos nos pueden salvar de los terrores que ellos han inventado. De esta manera, nos quitan las riendas de nuestra vida y nos entregan, a cambio, una adormecedora sensación de seguridad.

(Imagen de Francis Bacon, http://www.youtube.com/watch?v=QhaqwlZxJZI)

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En estas fechas tan señaladas

En Diez Minutos, el intenso cortometraje de Alberto Ruiz Rojo, hay un momento en que el protagonista recuerda un trance emocionalmente difícil de su vida que se produce en Nochebuena. Y hablando de la presión que supone la aparición continua de anuncios sensibleros en esas fechas, acaba afirmando indignado: “Deberían prohibir la Navidad de una puta vez”.

Probablemente todos hemos sentido, algún año, la irritación que trasmite este personaje. La presión que parece imponerse en estas fechas para que sintamos un tipo determinado de emociones que en ese momento no tenemos nos resulta irritante.

En sociedades más colectivistas, en las que todo el mundo se acompasaba para tener necesidades y sentimientos parecidos al mismo tiempo, quizás tuvo sentido ese apremio para la celebración de un único ritual. Pero hoy en día, en una sociedad individualista en la que no son habituales ni el hambre, ni la familia extensa ni los niños que no tienen juguetes, resulta extraña tanta insistencia para que nos atraquemos de grasas e hidratos de carbono, queramos a familiares a los que solo vemos en esta época del año e inundemos de regalos -que luego olvidarán a los tres días- a los pequeños de la casa.

Para evitar esta presión grupal hacia la uniformidad emocional, yo me dedico a buscar propagadores de nuevos rituales. Me convierto en un zapador de ceremoniales al que le fascina descubrir que, poco a poco, van surgiendo formas distintas de celebración.  Para los solitarios; para aquellos que su familia son sus animales de compañía; para los que están atravesando un duelo y lo que menos quieren es recordar que alguna vez han querido; para esos otros cuyo grupo de referencia son sus amigos, para los que están escondidos dentro de sí mismos y solo asoman por estas épocas o para los que disfrutan reaccionando contra estas fiestas con contra-ceremoniales que les permiten sentir que ellos se salen del rebaño…

No importa a quiénes va dirigida ni cuál es la forma de conectar personas. Como demuestra este corto, una conversación telefónica con una teleoperadora puede acabar convirtiéndose en un rito que une corazones.

La cuestión es que vayamos inventando rituales diferentes porque somos diferentes. El  caso es que dejemos de esforzarnos por amar a la humanidad y nos dejemos la piel en respetar al vecino. Y así, entre todos, consigamos componer una navidad real, la de un mundo en la que el único acuerdo posible es respetar que no estamos de acuerdo.

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