APOLOGÍA DE LO COTIDIANO
Miércoles, 25 de Febrero de 2009Supe de la historia que os voy a contar hace un tiempo, en un foro de noticias del más allá…
El titular venía a ser que un fantasma extremadamente concienzudo con las tareas del hogar estaba volviendo medio loca a una familia estadounidense. Desde hacía años, el empecinado espectro se dedicaba a hacer las camas, limpiar los cuartos y fregar suelos. Lo peor es que, además, se cercioraba de que los miembros de la familia realizaran puntualmente sus tareas. Y si esto no ocurría, se enfadaba: los infractores escuchaban ruidos y gritos de alguien que les regañaba. Los rituales de limpieza debían preocupar muhco al ente, porque cuando estos no se realizaban, abría puertas y ventanas y apagaba la televisión para que dejaran de descansar y acabaran las tareas.

Todo esto ocurría, muy apropiadamente, en Salem. Como aquel es un sitio con una larga tradición de supuestos fenómenos paranormales (de estos que luego resultan ser demasiado normales) cuenta con un buen número de exorcistas, psíquicos y otros sujetos que se dedican a cazar fantasmas. Los miembros de la atribulada familia contrataron a uno y este hombre resolvió el problema en un santiamén (o en un conjuro, que supongo que es lo que hizo).
Según el cazafantasmas, el espectro había sido en vida un ama de llaves. La metódica mujer había vivido en el siglo XIX y, lamentablemente, aún no se había enterado de que se había muerto. Por eso seguía haciendo su trabajo. En cuanto el psíquico consiguió que la familia tuviera su casa un poco más ordenada y aseada -cosa complicada, porque había tres niñas adolescentes de por medio- el fantasma pudo descansar en paz.
Lo más sorprendente para mí no fue la noticia -que me pareció muy normal- sino más bien la reacción de los miembros del Foro. Muchos de ellos creían en fantasmas y, sin embargo, a todos les pareció que la historia era una tontería. Seguro que estaban dispuestos a creer en el regreso de un muerto que ha sufrido un trauma o que quiere vengar una muerte, pero no pueden pensar en un fantasma que se dedique a sus rutinas.
Y es que, habitualmente, los seres humanos no nos damos cuenta de que lo que en realidad nos define es el devenir cotidiano: nuestros hábitos. Lo extraordinario llama más la atención, pero no es lo que más nos importa. Para bien y para mal, nuestra salud mental depende de la normalidad. De hecho, es ahí donde se nos conoce: en las cosas grandes nos mostramos como nos conviene, en las pequeñas nos mostramos tal y como somos…

Lo que pasa es que solo apreciamos el valor de nuestra serena cotidianeidad cuando perdemos el rumbo. Cuando estamos deprimidos, por ejemplo, lo primero que notamos es la pérdida de hábitos ordinarios: nos cuesta comer como lo hacíamos siempre, nos cuesta dormirnos o levantarnos por la mañana a nuestra hora habitual, nos cuesta mantener nuestra higiene personal y la de nuestro hogar de la forma que siempre lo hicimos… Hemos perdido nuestros hábitos.
Supongo que a los que nos dedicamos a trabajar con personas que han perdido momentáneamente el disfrute de la vida corriente nos resulta más fácil darnos cuenta de la importancia de lo cotidiano. Por eso, quizás, me costó tan poco entender a esta fantasma.
La mujer, lo único que quería, es continuar con sus rutinas obviando el pequeño detalle de que estaba muerta.
Quería conservar sus hábitos a pesar de los cambios vitales (y mortales).
Y eso es algo que, aunque no siempre nos demos cuenta, nos pasa a todos.