QUÉ CARA TIENES
Jueves, 8 de Enero de 2009Montesquieu, el pensador francés, resumía lo que pensaba del mundo judicial con esta tremenda frase: “Vistos los testigos de cargo y de descargo, y tu cara, y tus orejas…yo te condeno”.
Cien años después de la muerte de Montesquieu, un médico italiano llamado Cesare Lombroso decidió darle un aire científico al racismo y publicó el libro que le hizo famoso. Se titulaba “El hombre delincuente” y en él defendía como hecho objetivo que la herencia genética y la influencia de enfermedades nerviosas eran la causa de la delincuencia.
Mezclando frases sueltas de filósofos griegos y un supuesto conocimiento empírico del tema- que nadie le reconocía hasta entonces- Lombroso consiguió convencer a la sociedad de su época de que a los criminales se les reconocía por su rostro.
La cosa, según él, estaba clara: el delincuente nato presenta toda una serie de anomalías y estigmas degenerativos. De hecho, todo él es un ser atávico producto de la regresión a etapas primitivas de la humanidad, un ser hipoevolucionado que ha sufrido un salto atrás hereditario.
Gracias a dios (al dios racista de Lombroso) esas taras se muestran en su físico externo. Según este médico, el delincuente nato tiene frente huidiza, es corpulento, posee unos pómulos muy desarrollados, es extremamente piloso y tiene las orejas en forma de asa. O sea, simplemente, es una persona con rasgos de alguna etnia diferente.
Lo que hizo Lombroso fue, en realidad, intentar dar estatus científico a una teoría que está presente en el imaginario colectivo. Según esa hipótesis nunca comprobada, la tendencia al mal de ciertas personas se nota en sus rasgos físicos. Por supuesto, nadie ha conseguido nunca dar la más mínima consistencia a esa teoría. Pero sigue presente en nuestra imaginación.

No hay más que ver el cine que nuestra cultura ha fabricado para darnos cuenta de que seguimos teniendo la esperanza de que a los malos se les distinga por su cara. Todos identificamos el rostro peculiar de los asesinos de película. Sus rasgos físicos, su mirada, sus gestos… Todo les delata.
Y si nos paramos a observarnos en la vida cotidiana, vemos que seguimos teniendo la esperanza de que la cara sea el reflejo del alma. Creemos que ciertos rostros angelicales o ciertas caras de malo significan algo más que rasgos físicos.
El paso siguiente es rápido. Podemos llegar a creer que alguien que tiene facciones de una etnia diferente a la nuestra es más peligroso.
Pero la realidad se encarga de demostrarnos que la detección del mal no es tan sencilla: los malvados no tienen una cara especial.
Y si intentamos detectarlos por el físico, es muy fácil que cometamos errores fatales.
