Archivo de Octubre de 2008

CREANDO MONSTRUOS

Miércoles, 22 de Octubre de 2008

La historia la protagonizan seres reales: Mary Shelley, escritora del siglo XIX, es uno de ellos. 
Pero la historia también la protagonizan personajes que no han existido pero han llegado, al final, a ser tan importantes como los primeros.  Frankestein, el monstruo creado en una noche de cuentos de terror por Mary Shelley, es un ejemplo de criatura de ficción que ha influido en nuestra vida.

Una noche, a orillas de un lago suizo, se reúne un grupo de personajes.  Allí se encuentran, entre otros, los poetas Lord Byron y Percey B. Shelley.  También está Mary Shelley, la esposa del segundo.  Deciden que todos escribirán un cuento de miedo.  En esa noche extraña e inquietante, alguien idea uno de los primeros cuentos de vampiros.  Mary Shelley va más allá: crea a Frankestein, uno de los seres inexistentes de mayor influencia en la historia.
Mary Shelley ha creado un monstruo, y el monstruo perseguirá a esta mujer y a aquellos que ella ama a lo largo de toda su vida.  De hecho, todos los personajes que estuvieron aquella noche en el lago fueron perseguidos, después, por el infortunio. Lord Byron murió en la guerra de Grecia, el hijo de Mary Shelley y su marido, el poeta, murieron ahogados en diferentes accidentes. Su hermana, amante de Byron, también tuvo una muerte terrible…

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Todo lo que los seres humanos decimos sobre la vida conlleva unos valores ocultos.  Incluso el lenguaje cotidiano está lleno de expresiones que delatan nuestra forma de ver el mundo.  Decimos que a una persona le han lavado el cerebro cuando ha recibido una influencia con la que no estamos de acuerdo.  Decimos que nuestro hijo es muy maduro cuando hace lo que nos gusta que haga.  Calificamos de perversiones aquellos actos sexuales a los que no nos dedicamos.

Entre nosotros, los psicólogos, también es fácil detectar esos valores ocultos.  Por ejemplo, es muy curioso constatar las diferencias en la forma de analizar la psicología humana de aquellos que provienen de culturas más colectivistas y los que provienen de culturas más individualistas.  Invariablemente, los primeros ven influencia social en todo lo que hacemos.  Para los segundos, casi siempre lo que importan son los factores individuales.
 

Como comprobó Mary Shelley, incluso aquellos que tejen historias llevan a éstas sus esperanzas y sus miedos.  Lo inquietante de todo este asunto es que parece que la vida no se conforma con escuchar estas narraciones llenas de teorías implícitas sobre el mundo.  Una vez que alguien cuenta un cuento, la vida tiende a hacerla cierto.
Los calificativos de la vida cotidiana acaban funcionando como profecías auto-cumplidas.  Si decimos de un niño que es un rebelde imposible de tratar, aumentamos las posibilidades de que acabe siendo un adolescente asocial.  Si enunciamos una teoría según la cual el ser humano es egoísta, acabaremos justificando a aquellos que causan dolor gratuito…
Y si creamos monstruos como Frankestein, quizás acabemos toda la vida huyendo de ellos. 
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