AL OTRO LADO DEL TIEMPO
Martes, 30 de Septiembre de 2008La historia la cuenta Robert Linder, en su libro “La hora de cincuenta minutos?.
El autor tuvo un paciente, un joven físico nuclear, que tenía visiones del futuro. Entraba en esos mundos con tal fuerza que, de hecho, era autor de doce mil páginas sobre sus experiencias en el futuro y docenas de tratados técnicos sobre geografía, política o arquitectura de los planetas que visitaba.
Al principio, Lindler intentó racionalizar con este hombre buscando contradicciones en los documentos que escribía. Pero, en la siguiente sesión, el paciente aportaba un documento en el que aclaraba los fallos.
Lindler se encontró, poco a poco, esperando ansiosamente cada entrevista: para el terapeuta, era una fascinante visión de vidas e inteligencias alternativas. Lo que estaba ocurriendo, según el terapeuta, es que “los materiales de la psicosis de Kirk y el talón de Aquiles de mi personalidad se encontraron y encajaron como el engranaje de un reloj?. De hecho, Lindler se encontró defendiendo la idea de que su paciente podía tener razón y quizás se podía entrar en otra vida futura mediante un esfuerzo de voluntad.
Finalmente, el descubridor de mundos futuros, preocupado por el bienestar de su terapeuta, confesó: lo había inventado todo. Su soledad le había llevado a perder los límites entre la realidad y la ficción, pero hacía tiempo que había vuelto a encontrar la línea. “¿Entonces, por qué ha seguido fabulando?”, le preguntó el terapeuta. “Porque sentía que era lo que usted quería?, respondió el paciente.

Hay muchas investigaciones que muestran un irracional efecto: la simple visión continua de algo hace que nos guste más. Si hablamos de personas, este efecto de mera exposición se traduciría en la idea de que ver y escuchar muchas veces a alguien lo convierte en más interesante y creíble.
Pero existe una especie de condición para que esto se cumpla: la persona no debe decepcionar nuestras expectativas. Si no tenemos expectativas previas, el efecto de simple exposición funcionará. Pero si esperamos algo de esta persona, sólo confiaremos más por en ella por el simple hecho de verla a menudo si no nos sentimos defraudados.
Es difícil no tener expectativas sobre un paciente. En el caso de Lindler, quizás éste satisfizo la necesidad de excitación intelectual que muchos terapeutas experimentamos y que puede ser el principal motivo de nuestra vocación.
Y la terapia es un microcosmos que refleja la vida real. En la vida cotidiana, la necesidad de satisfacer las expectativas de los demás para provocar su cariño explica que muchas personas mantengan una historia por no decepcionar al grupo que los ha acogido, a su familia que cree en el tema o a su pareja que está completamente implicada en la supuesta historia…

Ser lo que los demás quieren que seamos nos obliga a transformarnos. No siempre nos sienta bien, pero a veces tiene su gracia, porque nos lleva a viajar a otros planetas.