Archivo de Agosto de 2008

PRISIONEROS

Viernes, 1 de Agosto de 2008

Supón que estás inmerso en la siguiente situación. Junto con un compañero de fatigas, has cometido un delito. Te detienen y el juez te ofrece un trato: si denuncias a tu cómplice y él no te delata, saldrás libre. A tu colega de fechorías, sin embargo, le caerán diez años de reclusión.
Claro que, puede ser que a él también se le ocurra denunciarte: en ese caso compartiríais el castigo, es decir, iríais cinco años a la cárcel cada uno.
Empiezas a dudar, porque esto de ser un chivato no te convence…
Pero de repente te das cuenta de la trampa en que estás metido: le van a ofrecer el mismo trato a tu compañero. Y si él te denuncia y tú no le delatas, vas a tener que pasar diez largos años de reclusión.
Así que decides preguntarle al juez: ¿qué ocurriría si yo no le denuncio y él tampoco me denuncia a mí? El juez te responde que, en ese caso y tal como están las pruebas, cada uno cumpliríais un año de prisión.

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Si coges un papel y un bolígrafo y te preparas un cuadro con la situación, verás que estás atrapado en un problema clásico que se suele denominar el dilema del prisionero.
Se plantea cuando tenemos que decidir y no sabemos qué decidirán los demás. Si lo enfocas partiendo de la base de que tú colega y tú sois compañeros de fatigas, verás que a los dos en conjunto os conviene no denunciaros: de esa forma, sólo cumpliréis un año cada uno. Y también verás que lo peor que os puede suceder como equipo es denunciaros mutuamente: cumpliréis cinco años de prisión cada uno.
Pero el panorama es diferente si te olvidas del otro y tomas la decisión individualmente. En ese caso, te conviene denunciar, porque eso elimina la posibilidad de cumplir diez largos años de prisión.

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Muchas situaciones de la vida real contraponen, de forma similar, los intereses individuales de las personas y el bienestar comunitario. Un país que caza ballenas, por ejemplo, afirma que dejaría de hacerlo si estuviera seguro de que los demás países también lo van a hacer. Pero como no cree tener esa seguridad, prefiere seguir capturando cetáceos: de esa forma, si los demás no lo hacen, tendrá ballenas y, además, la especie sobrevivirá gracias a los ejemplares que los otros no cazan.
Por otra parte, si los demás también capturan cetáceos, la especie se extinguirá pero el país habrá conseguido su cuota de ejemplares. Al final, nadie se arriesga para conseguir entre todos el resultado óptimo, que se obtendría si ninguna nación cazara ballenas durante un tiempo. El mismo problema se plantea con la carrera armamentística o los conflictos nacionalistas: mientras se toman decisiones desde los intereses individuales, la escalada continúa.
Es “la trampa social?: las partes comprometidas en una decisión se acaban enredando en un comportamiento mutuamente perjudicial porque intentan perseguir sus propios objetivos y no se arriesgan a buscar el bienestar conjunto.

Para ayudar a superar este fenómeno, sólo existe una alternativa: ayudar a los dos bandos a entender que los intereses individuales y el bienestar colectivo no son incompatibles.
La comunicación es, en estos casos esencial.
Si pudieras hablar con tu compañero de fatigas, la decisión que tomaríais ante el juez sería, probablemente, no denunciarse el uno al otro.
Pero si no hay comunicación, ten por seguro que le denuncias.
Todos lo hacemos.




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