LLENANDO EL VACIO
Jueves, 22 de Mayo de 2008En Japón se encuentra el monasterio de Daisen-in, concebido hacia el año 1513 por el pintor Soami. Sin duda, lo más notable en él es su jardín: un espacio rectangular de arena blanca.
El vacío que produce este espacio incita a la meditación y a la vacuidad interior. Por eso, la arena es rastrillada cada día por los monjes, para que ninguna huella, ni siquiera del viento, intervenga en la regularidad de los surcos que forman una especie de océano inmóvil. Tres montículos de arena, dispuestos de modo que nunca puedan verse más de dos a la vez, dan a quién los contempla la certidumbre de no poder captar la totalidad del mundo: lo que es invisible para los ojos es lo que debe hallar cada uno en sí mismo.

Conseguir el vacío interior es el objetivo de muchas técnicas utilizadas por diferentes religiones y técnicas terapéuticas. La secuencia empieza casi siempre igual: se busca algo que paralice, que deje a la persona en un estado de confusión: un jardín de piedra en medio de un bosque frondoso, los breves y paradójicos koan del budismo zen o la magnificencia de una catedral dejan a la persona en suspenso.
A partir de ahí, la persona tiene dos caminos…
Si sigue el primero, el individuo perplejo amplia su pensamiento a todas las conexiones imaginables e inimaginables y, en unas circunstancias determinadas, consigue establecer interrelaciones entre las cosas más insignificantes y disparatadas.
La percepción se agudiza para poder captar los más mínimos detalles y el ser humano es capaz de alcanzar un estado de lucidez excepcional. Pertenece a este campo el concepto taoísta del wu-wei, es decir, la intencionada falta de intención, así como la regla de que es preciso olvidar lo que se quiere conseguir. Jugamos aquí con un tipo de pensamiento no intencional que puede ser rico y creativo.

En el segundo camino posible, la persona no tolera por mucho tiempo esa sensación de incertidumbre e intenta resolver el estado de confusión aferrándose a la primera explicación que pueda llegarle a través de la niebla. El problema es que esa explicación suele surgir de aquel que le ha sumergido en un estado de vacío mental.
Los manipuladores saben que esta falta de tolerancia a la incertidumbre puede ser su principal aliado y la utilizan a menudo. El Marqués de Sade, un sabio en el arte del manejo de las personas, deja escapar un lema sibilino en uno de sus libros: “apaga tu alma y trata de convertir en goce todo lo que alarma tu corazón��?.
Quizás antes de apagar nuestra alma durante unos instantes convenga asegurarnos de que vamos a ser capaces de salir por nosotros mismos de la oscuridad. Porque si nos asustamos de las tinieblas, es posible que acabemos siendo guiados por personas que quieren robarnos el alma para siempre.