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Jueves, 29 de Mayo de 2008Madeleine Smith se hizo famosa allá por finales del siglo XIX. Su juicio ha pasado a los anales de la literatura judicial y fue seguido con gran expectación en la época. Después de cada sesión, los periódicos describían con pormenores su porte altivo, su mirada seductora y su forma de vestir. Cada prenda que llevaba Madeleine acababa poniéndose de moda…
Y de esta forma se fue desarrollando un juicio en el que nuestra protagonista estaba acusada de asesinato.
Lo que más impresionó a los miembros del jurado fue la lectura del diario de Madeleine, tras la cual quedó claro que la acusada había experimentado verdadero placer sexual viendo como su amante agonizaba día a día bajo los efectos del arsénico que ella le administraba. Las pruebas se fueron sucediendo: ella era la única beneficiaria del testamento de la víctima, él la sometía a chantaje y, además, se pudo demostrar que Madeleine había comprado arsénico al menos tres veces en los últimos meses.

Todo encajaba.
Así que se dictó sentencia.
El jurado se reunió y llegó a la conclusión de que era… INOCENTE.
Madeleine era demasiado guapa para ser una asesina y siguió viviendo el resto de sus días como una criminal muy popular que había sido perdonada por su belleza.

El caso de Madeleine Smith lleva al extremo un factor que todavía permanece en nuestra vida cotidiana: la influencia de la belleza. Hoy en día ser guapo no garantiza el éxito, pero lo pone al alcance de la mano. Por eso los experimentos de psicología siguen mostrando esa influencia…
En el tema judicial, por ejemplo, las investigaciones arrojan dos resultados claros.
El primero es que ni jueces ni jurados son conscientes de que el físico sea importante: sólo el 7% de los encuestados creía que el atractivo desempeñaba algún papel en las decisiones judiciales.
El segundo dato, es aún más claro: a los guapos se les condena a penas más leves, se duda más de las pruebas incriminatorias cuando inculpan a una persona atractiva y se tiende a no creer a los testigos cuando hablan mal de alguien de rasgos agraciados.
La vida judicial es en esto un espejo de la vida cotidiana. Porque el efecto de la belleza se encuentra en todos los ámbitos.
Investigaciones recientes muestran, por ejemplo, que los peatones están más dispuestos a ayudar a una persona atractiva cuando ésta pregunta la dirección de una calle.
Otras nos enseñan la influencia de la belleza en la selección de personal.
E incluso un reciente experimento de un psicólogo social demostraba que la belleza influye en la salud mental. Cuando los médicos son hombres heterosexuales, las pacientes más guapas ingresan menos veces, sus estancias son más cortas y tienen menos probabilidades de que se les diagnostique un trastorno grave.
Claro que habría que saber cuántas de estos beneficios son, a la larga, perjudiciales.
En todo caso, conviene recordar el caso de Madeleine Smith y todos estos experimentos citados porque la influencia de la belleza es, en general, inconsciente.
Ni el jurado que absolvió a Madeleine, ni los peatones que ayudan a una chica que busca una dirección, ni los psiquiatras que diagnostican a una paciente son conscientes de la influencia del atractivo.
Pero ahí está.