YO ME QUEDO UN POCO MAS
Lunes, 31 de Marzo de 2008En este momento me rodean tres cantos a la vida.
Escucho la estremecedora versión del “Alelujah de Leonard Cohen que hizo Jeff Buckley, una especie de himno a la mala fe…y a la mala leche.
Leo “Novela de ajedrez, el inteligente relato de Stefan Zweig que demuestra como el ser humano puede resistir presiones brutales mediante la fuerza del pensamiento.
Veo, también, un cuadro de Ernst Kirchner que siempre me ha traído recuerdos de la mirada con la que yo interiorizaba los valles de mi pueblo cuando era niño.

Las tres apologías de la vitalidad (de la rebelión, de la resistencia inteligente, de la inocencia,…) están hechas por personas que después se suicidaron.
Cada año, aproximadamente un millón de personas desesperadas en todo el mundo se niega a vivir. Desde fuera, es fácil pensar que eligen una falsa solución permanente a algo que, en realidad, es un problema temporal. Desde fuera, es fácil pensar que la vida en ese momento les va mal y ellos no quieren esperar a que vuelva a irles bien.
Pero las preguntas siguen ahí…
Hay datos. No ayudan a encontrar las respuestas, pero quizás sirvan para hacer las preguntas adecuadas.
Por un lado la influencia del factor cultural es muy clara. Las diferencias entre países así lo muestran. En Inglaterra, Italia y España hay la mitad de suicidios que en Canadá, Australia y EEUU. Solo en Europa, la variabilidad es extrema: los lituanos, que son la nacionalidad más propensa al suicidio, tienden 15 veces más a matarse que los portugueses, los menos propensos.Por otro lado, las diferencias de género también son manifiestas. Las mujeres tienen más tendencia al suicidio que los hombres, pero la probabilidad de conseguirlo de estos últimos es cuatro veces mayor. La técnica elegida explicaría estas diferencias: los hombres son más propensos a emplear métodos letales.
Por último, hay cifras reveladoras de diferencias entre grupos. Las tasas de suicidio están aumentando entre ancianos y adolescentes. Estos son los dos grupos de riesgo mayores: las edades de las transiciones, aquellas en que uno se pregunta qué habrá al otro lado…
Pero las estadísticas no llegan nunca a la raíz del tema. Porque el único factor importante, al final, es la desesperanza. Las personas se quitan la vida en un momento puntual de falta de esperanza en el futuro. El sufrimiento desaparecería si estuviéramos dispuestos a esperar. Pero no lo hacemos.
Estamos descorazonados porque creemos haberlo intentado todo y pensamos que nuestra vida ya no puede cambiar.
La falsa sensación de indefensión, la creencia irracional de que nada puede cambiar está en la raíz del suicidio.
Por eso es importante recordar que, en ese momento, nuestra vida depende de que nos demos tiempo para ir recuperando poco a poco las riendas.
La esperanza se recupera cuando uno se da cuenta de que vuelve a tener control sobre su propia vida y capacidad de ir acabando, poco a poco, con el sufrimiento.
Abandonamos la idea del suicidio cuando nos damos cuenta de que nuestra vida es nuestra.
Por eso, a pesar de todo, oír la ira de Jeff Buckley, leer la inteligencia de Stefan Zweig o ver la expresividad de Ernst Kirchner pueden ser un buen antídoto contra la desesperanza.