DADLE UNA OPORTUNIDAD A LA PAZ
Miércoles, 5 de Diciembre de 2007El día 8 de Diciembre de 1980 fue asesinado John Lennon. Desde entonces no han cesado las especulaciones sobre este crimen.
Por una parte, está el hecho de que el crimen ocurriera en el edificio Dakota, quizás la casa maldita más famosa del mundo.
Por otra, las extrañas circunstancias que rodean a su asesino… ¿era un fanático individual o estaba entrenado y programado por algún grupo para matar al compositor?
Hay personas que han llegado a la conclusión de que el asesinato del cantante era algo que flotaba en el ambiente desde hacía tiempo. De hecho, había incluso una novela que planteaba ese crimen y que había llegado a ser un best-seller.
Hay quien dice, también, que su asesino pertenecía a un grupo cristiano fundamentalista. Sus miembros eran conocidos en Estados Unidos por las declaraciones que venían haciendo desde unos diez años atrás contra los cantantes de rock. Y los Beatles eran su blanco favorito…
La teoría de que aquel grupúsculo había dirigido el asesinato surgió desde el principio. Se habló también, por supuesto, de las técnicas que se habían usado para programar al criminal.
¿Existen esos métodos? ¿Se puede inducir a alguien a matar? ¿Son más importantes, en este tipo de actos, los individuos o los grupos? ¿La conducta de estas personas es consecuencia del ambiente sectario que le rodea o estamos ante alguien que lleva ya dentro el germen del asesino y el grupo le sirve solo de excusa?
Desde luego, hay una constante en la psicología del fanatismo: el hundimiento del “yo? individual en la ideología. Hablamos de personas cuyas emociones y pensamientos idiosincrásicos dejan de existir para convertirse en portadores de un credo. Son individuos con baja autoestima que intentan olvidar quienes son. Y para hacerlo, dejan que su ideología empape toda su vida: sus amistades, su forma de hablar o su forma de vestir acaban siendo dictadas por su doctrina. Se ocultan bajo una piel ideológica para que nadie vea lo que hay debajo…
Pero quizás no lo consiguen.
Robert Lifton (un investigador estadounidense que estudió lo que tradicionalmente se ha llamado “lavado de cerebro?) llegó a la conclusión de que estas técnicas no cambian nada fundamental. Lo más profundo de la personalidad no consigue esconderse. El supuesto lavado de cerebro solo sirve para reforzarlo.
Se aumenta la tendencia que tenía el individuo a dividir el mundo en blanco y negro, en buenos y malos.
Se potencia la falta de tolerancia a la incertidumbre, el temor a los acontecimientos no controlados.
Se extrema el miedo a los que son diferentes, la paranoia ante la vida no atrapada.
Pero todo eso ya estaba ahí previamente.
Por eso, para Lifton, el adoctrinamiento es lo de menos.
Un fanático sin ideología es igual de peligroso que un fanático ideológico.
El problema nunca son las ideas. Lo que nos debe preocupar son los momentos en que nuestro credo nos sirve para hacer dicotomías radicales, sentirnos excesivamente seguros de todo y temer lo que no conocemos.
En esos instantes, la paz no tiene ninguna oportunidad.