LLEVANDO EL TIMÓN
Lunes, 24 de Diciembre de 2007Acabo de volver a ver “Bola de fuego”, la película de Howard Hawks.
Es aquella en que siete venerables profesores (¿los siete enanitos?) preparan una ambiciosa enciclopedia. El grupo trabaja ensimismado y prácticamente recluido, sin ningún contacto con el exterior, viviendo una vida monótona y aburrida. Hasta que una atractiva bailarina (¿Blancanieves?), perseguida por unos gansters, busca refugio en la casa en la que viven…
A partir de la llegada de la chica (Barbara Stanwick, mi gran amor cinematográfico) todo se revoluciona. Para seguir con su objetivo, los profesores intentan de todo. Ponen en marcha su capacidad de autocontrol. Y Brackett y Wilder, los guionistas que más me han hecho reír en mis épocas más cinéfilas, se lo pasan pipa imaginando situaciones que hacen peligrar la introversión de los sesudos intelectuales.

El autocontrol es esa facultad que tenemos los seres humanos de hacernos cargo de nuestra propia conducta, de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos,…
Cuando lo conseguimos, esta autorregulación es independiente de factores externos tales como la aprobación social o las necesidades de nuestro organismo.
Decidimos qué queremos hacer algo y lo hacemos.
Y después, si nos equivocamos, no nos sentimos culpables, sino que nos responsabilizamos de las consecuencias.
¿Cómo podemos saber que estamos llevando las riendas?¿Cómo etiquetar nuestros actos como una respuesta a presiones del medio o como una decisión propia?
Existe una definición fría, de éstas que usamos los psicólogos, que a mí me resulta muy clarificadora: los seres humanos manifestamos autocontrol cuando en ejecutamos una conducta cuya probabilidad de ejecución era menor que la de conductas alternativas.
La hipótesis de esa frase es que si hacemos algo que no era ni lo más fácil ni lo más cómodo, estamos haciendo lo que nos da la gana.
Seguir escribiendo afanosamente una enciclopedia en vez de disfrutar del encanto de Bárbara Stanwick parece un buen ejemplo.
Seguir siendo uno mismo navegando en medio de este río de sentimientos forzados que suponen las navidades es otro.
Ando leyendo “Memorias de Adriano?.
Definitivamente, soy un tipo introvertido. Me gusta estar escondido en mí mismo. Y me gusta saber que soy yo el que lleva el timón de mi vida. No soy un sesudo intelectual y no hago enciclopedias, pero me gusta más el sosiego que la algarabía.
Por eso, estas Navidades pienso ser igual de feliz que soy siempre. Querré a los míos como siempre los quiero. Analizaré a los demás como siempre los analizo, sabiendo que no son ni buenos ni malos, sino todo lo contrario.
No cometeré la pedante insensatez de no dejarme llevar por la corriente general de cariño. Pero tampoco quiero que ese río me lleve a ninguna ciudad artificial que no me apetece visitar.
Cuando se navega, la fuerza del viento da impulso, pero hace más difícil mantener la dirección. Por eso es tan difícil mantener el rumbo en estas fechas.
Pero me gusta intentarlo: cuando no sopla el viento, hasta las veletas parecen tener carácter. Me apetece poner a prueba mi capacidad para mantener el timón en momentos complicados.

Seré feliz.
Os deseo lo mismo: que seáis fieles a vosotros mismos y que tengáis una buena travesía navideña.
Hasta el año que viene.