Archivo de Octubre de 2007

EN UN LUGAR EXTRAÑO

Viernes, 26 de Octubre de 2007

La siguiente historia apareció en diversos medios de comunicación alemanes:
Un matrimonio de Munich que pasa sus vacaciones en un país extraño entra a visitar una iglesia.  La noche cae sobre la ciudad, pero la pareja está embelesada por lo extraño del templo y no se dan cuenta de que éste ha cerrado sus puertas.  Al no poder salir, deciden esperar el amanecer durmiendo en una capilla lateral.  A pesar de lo inquietante de la situación, todo permanece tranquilo hasta que, al dar las doce de la noche, el órgano empieza a sonar…
Entonces, aparece por una puerta lateral de la iglesia un grupo de frailes encapuchados.  En el centro de la comitiva hay una aturdida muchacha, vestida únicamente con una camisa blanca y con la cabeza rapada.  Cuando el grupo llega al altar, el órgano calla, los monjes levantan una losa del suelo e introducen a la muchacha en un profundo nicho.  Después, colocan la losa en su sitio y regresan al lugar de donde han venido.
El lugar extraño en donde tuvo lugar la historia se llama Madrid. La fecha, hace aproximadamente quince años.

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La tétrica historia es todo un ejemplo de la capacidad del ser humano para elaborar estereotipos acerca de otras culturas, inventar historias que confirmen el prejuicio y difundirlas como reales sin haberlas confirmado.  Creamos infinidad de historias acerca de los miembros de otras culturas, pero sólo nos damos cuenta del alcance de este fenómeno en el momento en que escuchamos una de estas narraciones insólitas sobre nuestro propio país.
Los estereotipos culturales son el precio que tenemos que pagar por tratar de simplificar un mundo complejo.  Cada lugar, cada época tiene sus propias normas éticas, sus usos y costumbres, sus formas de comunicación.  Para recordar esas diferencias, metemos a todos los miembros de una determinada cultura dentro del mismo saco.  Decimos que los franceses son elegantes, los ingleses individualistas, los estadounidenses pragmáticos,…  Inventamos categorías para entender el mundo.
Normalmente, funcionamos bien con esas simplificaciones.  Pero cuando oímos historias como éstas, que nos escandalizan por la imagen que difunden de nosotros, la simplificación por culturas deja de parecernos útil.  Es un fenómeno clásico en psicología social: exageramos las similitudes entre los miembros de colectivos distintos al nuestro pero, cuando hablamos de nuestro propio grupo, exageramos las diferencias.
Este sesgo cognitivo queda patente cuando se pregunta a las personas sobre características culturales.  Cuando nos preguntan si nos consideramos latinos prototípicos (alegres, católicos, machistas,…), la inmensa mayoría respondemos que no.  Pero si se le pregunta a alguien de fuera, considera que sí somos así.  Lo cual no es de extrañar, porque nosotros hacemos la misma simplificación con los miembros de otras culturas.
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Quizás por eso es tan importante difundir estas historias: ayudan a que reflexionemos sobre lo que nosotros contamos de otros personas. 
Aunque, quizás, al revelarlas tengamos problemas: según se difundió en Alemania, el final de la historia anterior fue que el embajador pidió a la pareja que no hablaran del tema. 
Según el diplomático, en nuestro país seguía funcionando la Inquisición, aunque oficialmente estuviera suprimida, y era mejor que no contaran a nadie lo que habían visto.




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