SEXTO SENTIDO
Lunes, 24 de Septiembre de 2007Hace algunos años, un famoso piloto de Fórmula 1 conducía su coche a gran velocidad. Disputaba las 500 millas de Indianápolis y estaba a punto de llegar a una curva famosa por su extrema peligrosidad.
Lo que él no sabía es que, en esta ocasión, le esperaba una muerte segura: a la salida de la curva, en un lugar que no podía ver, un coche se había estrellado. Eso había ocurrido hacía treinta segundos y los jueces de pista no habían tenido tiempo de avisarle con la bandera de precaución. Nada podía evitar que nuestro piloto chocara brutalmente contra el coche accidentado.
Sin embargo, nuestro protagonista dio un repentino e inesperado volantazo hacia la derecha.
No había podido ver el obstáculo (corría a 200 kilómetros por hora) y, probablemente, él fue el primer sorprendido por su maniobra. Pero una intuición le llegó con la suficiente velocidad para tener tiempo de reaccionar.
Cuando ocurre este tipo de fenómenos solemos hablar de sexto sentido. En ese término hay algo de acertado: aunque los seres humanos sólo tenemos cinco sentidos para interiorizar el mundo exterior, lo que en ese momento está ocurriendo tiene que ver con una forma de percibir la realidad que va más allá de lo que sentimos habitualmente.
De hecho, algunos neurólogos que han intentado estudiar este tipo de intuiciones nos hablan de que éstas funcionan como algo independiente de nuestra conciencia. Parece que los seres humanos poseemos una habilidad para comprender ciertas situaciones y actuar sin necesidad de hacerlas conscientes. Es algo que llevamos dentro y está por debajo de toda nuestra actividad racional.
Cuando la situación nos lo pide desconectamos nuestra parte más racional y dejamos actuar a ese sistema más intuitivo. Esta parte de nuestra mente tiene unas bases anatómicas distintas a las de nuestra conciencia (hay neurólogos que hablan, por ejemplo, de la importancia de una estructura subcortical denominada ganglios de la base) y por eso la persona no llega a ser consciente de cuáles fueron los estímulos que le llevaron a actuar.

Pero los estímulos externos que activan ese sistema existen y, de hecho, en muchas ocasiones, la decisión apoyada por el sexto sentido ha sido perfectamente lógica.
Cuando a nuestro piloto se le interpeló por la razón de su sorprendente conducta, intentó reflexionar sobre su experiencia.
Recordaba que al tomar la curva, el escenario que vio era distinto al habitual. Había algo extraño en todas partes: el panorama era más oscuro…
Al concentrarse más en sus sensaciones, nuestro protagonista se percató de que normalmente el piloto del coche que entra en la curva ve una multitud de personas que le observan. Esos espectadores siguiendo el trazado de su curva dibujan un paisaje de tonalidades claras: son cientos de rostros unidos creando un color.
Aquel día, sin embargo, los espectadores estaban mirando hacia el accidente y el paisaje se había tornado oscuro. Lo que nuestro protagonista veía era el pelo de los espectadores: miles de cabellos creando una pantalla oscura y tenebrosa. El piloto sintió que algo había cambiado: se estaba metiendo en un negro túnel distinto al claro paisaje habitual.
Percibir con el sexto sentido esa oscuridad le alertó del peligro. Y le salvó.