Archivo de Julio de 2007

NOSOTROS Y LOS OTROS

Viernes, 27 de Julio de 2007

Jane Goodall es uno de mis mitos.
En parte, porque es uno de los seres humanos que mejor comprende la forma de pensar y de sentir de los chimpancés…

En los años cincuenta del siglo pasado, esta mujer fue una de las tres personas a las que el antropólogo Louis Leakey encomendó la tarea de estudiar las tres grandes ramas de primates.  Ella se dedicó a los chimpancés, Biruté Galdikas a los orangutanes y Dian Fossey a los gorilas. 
Como las autoridades negaban el paso a la región de los chimpancés a una mujer joven y sola, Jane tuvo que convencer a su madre de que la acompañara durante unos meses.  Poco a poco, nuestra protagonista consiguió ir acercándose a los primates.  Al cabo de unos meses, ya era capaz de distinguir a un individuo de otro. 
Un día, vio a un chimpancé fabricando herramientas para pescar termitas.  Sus monos empezaron a interesar a la comunidad científica…
Jane Goodall continuó con sus observaciones.  Y aprendió que los chimpancés bailan, se besan, se abrazan y se dan la mano.  Aprendió que muestran todo un catálogo de emociones: felicidad y tristeza, orgullo y desesperación…

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Hace unos años, Jane se implicó en el activismo político.  Así contaba en una reciente entrevista el giro que había dado su carrera:

“En esa época iba a hablar a sitios como el Capitolio de Estados Unidos o el Parlamento Europeo.  Daba conferencias de prensa sobre cosas como el comercio de carne de animales de la selva.  Gradualmente, eso empezó a ampliarse y entonces me di cuenta de que lo que tenía que hacer era trabajar sobre todo con los niños, porque estamos dañando gravemente su futuro y sentí que teníamos la responsabilidad no sólo del futuro de los chimpancés, las selvas y la vida salvaje, sino también de nuestros propios niños”.

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El giro vital de Jane Goodall sorprendió a muchas personas.  Pero, desde el punto de vista psicológico, la postura de esta primatóloga es absolutamente coherente.  La empatía, la capacidad de ponerse en el lugar de los demás, permite que los seres humanos seamos solidarios con aquellos que se nos asemejan… y, también, con aquellos que son muy diferentes de nosotros.  Una persona empática que siente que un ser vivo sufre, deja de causarle dolor. Sea quien sea ese ser vivo: no es necesario, ni siquiera, que le caiga bien. Lo que le sale de dentro es evitar el daño.
Sin embargo, cuando la capacidad de empatía falla, el potencial para atormentar se multiplica. 
Una investigación que leí hace poco mostraba que la inmensa mayoría de asesinos en serie eran, en su infancia, maltratadores de animales.  Los psicópatas carentes de empatía no son capaces de sentir ni la aflicción que están causando a otras personas, ni la que sufren otros seres vivos.

Jane Goodall supo que el dolor es independiente de las capacidades de pensamiento.  Lo que más nos asemeja a otros seres vivos es el sufrimiento.  Y lo que nos hace más humanos es la necesidad de evitarlo.




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