LO ÚNICO QUE TENEMOS ES TIEMPO
Viernes, 15 de Junio de 2007Uno de los textos más curiosos que se pueden leer acerca de nuestra cultura lo escribió un habitante del Pacífico Sur. La intención de este buen hombre, un jefe tribal, era instruir al resto de habitantes de su pueblo. Quería contarles cómo era el hombre blanco, cómo era su forma de vida, sus casas, su forma de vestir…
Los seres humanos a los que hablaba no habían tenido apenas contacto con nuestra civilización. Y él se la describió con la gracia y la lucidez de alguien que descubre todo un mundo y se queda asombrado ante las extrañas costumbres de sus habitantes.
Para el narrador, nosotros somos los Papalagi. Según él…
“Los Papalagi nunca están satisfechos con su tiempo y culpan al Gran Espíritu por no darles más. Aunque nunca habrá más tiempo entre el amanecer y el ocaso, esto no es suficiente para ellos. Por eso, difaman a Dios y a su gran sabiduría dividiendo cada nuevo día en un complejo patrón, cortándolo en piezas, del mismo modo que nosotros cortamos el interior de un coco con nuestro machete?.
“Cada parte tiene su nombre. Todas ellas son llamadas segundos, minutos u horas. El segundo es más pequeño que el minuto y el minuto más pequeño que la hora. Pero todos ellos ensartados juntos forman una hora. Para hacer una hora, necesitas sesenta minutos y muchos, muchos segundos”.
El autor continúa explicando nuestras extrañas costumbres. Obviamente, el pobre hombre acaba haciéndose un lío. Y les dice a los de su pueblo:
“Ésta es una historia increíblemente confusa, de la cual yo mismo no he entendido todavía los puntos más sutiles, puesto que es difícil para mí estudiar esta tontería más allá de lo necesario. Pero los Papalagi le atribuyen mucha importancia. Hombres, mujeres y hasta niños demasiado pequeños para andar, llevan una máquina pequeña, plana y redonda, dentro de sus taparrabos. atada a una cadena de metal pesado, colgando alrededor de la garganta o alrededor de la muñeca; una máquina que les dice la hora. Leerla no es fácil?.
Y ahora viene lo mejor: ¿cómo trasmitimos, según este autor, el sentido del tiempo a nuestros hijos? La cosa viene a ser así:
“Se les enseña a los niños arrimando aquellos aparatos a sus orejas, para despertar su curiosidad. Estas máquinas son tan ligeras que puedes levantarlas con los dedos y llevan una maquinaria dentro de sus estómagos, como los grandes barcos que todos vosotros conocéis. Hay también grandes máquinas del tiempo, que permanecen de pie en el interior de sus cabañas, o colgando de una gran casa para así ser más visibles. Ahora bien, cuando una parte del tiempo ha pasado, queda indicado por dos pequeños dedos sobre la cara de la máquina y, a la vez, grita y un espíritu hace chocar el hierro en su interior. Cuando en una ciudad europea ha pasado cierta parte del tiempo, estalla un espantoso y clamoroso estrépito. Con eso, los niños aprenden que se les acabó el tiempo?.

Ser padre es una experiencia curiosa: obliga a plantearse automatismos interiorizados sobre los que habitualmente no se reflexiona. La tiranía del reloj es uno de estos fenómenos que asumimos sin pensar pero que los niños obligan a analizar con sus preguntas: “¿Por qué tengo que irme a la cama ahora que estoy divirtiéndome tanto??, “¿Por qué me levanto tan pronto por la mañana??, “¿Por qué tengo que irme al parque justo ahora que me he puesto a dibujar??, “¿Y por qué me tengo que ir del parque justo ahora que me empezaba a divertir?”.
Las razones por las que un niño tiene que estar sometido al factor tiempo son difíciles de explicar.
Quizás, en última instancia, la respuesta a este tema es sólo una: los demás también se rigen por los relojes y si el niño no lo hace acabará aislado.
Al igual que los adultos, solo tiene una forma de mantenerse en sociedad: respetar en parte el sentido del tiempo.
Y es que, como diría el sabio jefe de las islas del Pacífico Sur, los papalagi somos así de raros y si alguien quiere estar entre nosotros, tiene que hacer de su reloj una especie de dios.