MANTRA NÚMERO DIEZ: “LAS PALABRAS NO CREAN HECHOS”
Lunes, 14 de Mayo de 2007Los íncubos eran demonios que copulaban con las mujeres. La discusión sobre su naturaleza ocupó miles de páginas en libros de todo tipo, sirvió para que cientos de teólogos se pelearan y tuvo, al final, repercusiones en las altas esferas de la Iglesia.
El teólogo Nicolás Remy era de los que no admitían que la mujer fuese fecundada por tener contacto sexual con un íncubo. Sus razonamientos al respecto eran incuestionables: miembros de especies animales diferentes no pueden engendrar hijos, lo que incluye el caso del demonio, que pertenece a una especie distinta a la humana. Además, aunque tal cosa fuese posible, el íncubo no tiene vida animal y por tanto no puede ser trasmisor de vida.
Sin embargo Guazzo, el monje italiano que publicó el célebre Compendium Maleficarum en 1626, no encontraba inconveniente alguno en que este tipo de relaciones fuese fructífero: “Los demonios pueden servirse de los cuerpos de las personas muertas o crear para sus fines cuerpos sólidos con aire y otras sustancias e infundirles movimiento y calor a su conveniencia?

Discusiones como ésta, que ahora nos parecen triviales, se han dado a lo largo de la historia con temas que el hombre ha inventado. Los rumores se fabrican así: se difunde un hecho que activa la imaginación y el morbo. Nadie comprueba su veracidad: nos limitamos a añadir detalles, difundir el rumor porque resulta estimulante y elaborar hipótesis sobre el hecho del que tratan.
De hecho, según la psicología social, esas son las características que debe poseer un rumor. Por una parte, tiene que hablar de un acontecimiento suficientemente incompleto como para que todo el mundo pueda añadir algo de su cosecha. Por otra, tiene que versar sobre un tema excitante intelectualmente, algo que preocupe en ese momento al público general.
Por último, tiene que ser susceptible de ser explicado desde multitud de hipótesis diferentes. Eso, curiosamente, hará que sea más verosímil, porque todo el mundo dedicará mucho tiempo a intentar explicar el hecho y muy poco tiempo a averiguar si ocurrió alguna vez.
Esas características explican por qué nos gusta tanto especular con bulos cuando estamos estresados. Los chismes atraen nuestra imaginación y son más estimulantes que la realidad. Teorizar activa más que comprobar hechos y cuando tenemos ganas de marcha a nivel mental nos solemos decidir por lo primero.
Dos ejemplos modernos de este tipo de rumores nos muestran la pervivencia del fenómeno. Las desapariciones de barcos y aviones en el Triángulo de las Bermudas y el secuestro de personas para extirparles órganos vitales han seguido el mismo camino que la existencia de íncubos y súcubos. El rumor se admitió como hecho, se fueron añadiendo detalles e hipótesis y se dedicaron libros, artículos y debates a intentar explicar lo que ocurría. Hasta que alguien dejar de explicar el acontecimiento y tratar de averiguar si alguna vez había sucedido. El resultado sorprendió a creyentes y escépticos: los hechos no eran reales y, en ambos casos, llevábamos décadas discutiendo sobre nada.

A mí también me pasa: a veces me gusta comer sombras. Hay momentos en que un bocado de especulación inútil me sabe más rico que cualquier alimento real.
Eso sí: intento tener cuidado. No sea que, mientras especulo, me den por…muerto a nivel mental.