COMO ANIMALES
Lunes, 21 de Mayo de 2007La protagonista del programa del post de hoy es capaz de recordar hasta 50 caras diferentes. Y durante al menos dos años, puede distinguir cada uno de estos rostros y reconocerlo aunque lleve todo este tiempo sin verlo.
Pero todo eso no tendría ningún mérito si no fuera porque la protagonista del post de hoy es…una oveja.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Cambridge averiguó esto después de mucho tiempo de investigación. Las conclusiones, de hecho, fueron más allá: las ovejas no sólo reconocen los rostros de sus congéneres. También se manejan bien con los seres humanos.
De hecho, saben distinguir entre los rostros relajados y los rostros estresados. Son capaces, incluso, de reconocer caras que difieren menos de un 5%. Y, según los investigadores, tienen una vida emocional muy rica.
¿Sorprendente? En realidad, a medida que la investigación permite dilucidar cuáles son las cualidades reales de los demás animales, nos estamos dando cuenta de que nos parecemos mucho más de lo que creemos. Muchas de las facetas que creemos propias del ser humano son, en realidad, compartidas con bastantes animales más.
La inteligencia artificial, la fabricación de ordenadores pensantes, se encontró desde el principio con una paradoja que nos puede hacer reflexionar sobre este tema. Resulta que las cosas que nos distinguen de los otros animales (jugar al ajedrez, resolver problemas matemáticos, traducir de un idioma a otro o creer en dioses) son tareas fáciles para las computadoras.
Sin embargo, cuando se trata de hacer cosas que compartimos con el resto del Reino Animal, los ordenadores se comportan de forma muy patosa. Actividades como el cálculo del movimiento utilizando la visión son verdaderos quebraderos de cabeza para aquellos que diseñan inteligencia artificial. De hecho, ninguna computadora se acerca siquiera, en este tema, al nivel que alcanza una mosca.

A lo mejor, la esencia del ser humano no está en el juego del ajedrez.
Quizás nuestros rasgos distintivos tengan más que ver con actividades como reconocer si la persona a la que queremos está triste o alegre y recordar su rostro tiempo después aunque haya cambiado (“la mirada no cambia”, decía mi abuelo).
O sea que, a lo mejor, lo que nos hace personas son las actividades que compartimos con las ovejas.