CONVIVIR PARA VIVIR Y DEJAR VIVIR
Jueves, 24 de Mayo de 2007El protagonista del post de hoy asesinó a seis personas en Nueva York entre 1976 y 1977. En una entrevista describía así sus sentimientos:
“Después de matar volvía a casa silbando. La tensión y el deseo de matar habían sido tan intensos, que cuando finalmente exploté, todas las tensiones y presiones sexuales desaparecían, simplemente se evaporaban, aunque por poco tiempo. No sentía deseos sexuales, sólo hostilidad. Sabía que lo que hacía estaba mal. Yo quería destrozarla por lo que ella representaba: una chica hermosa, una amenaza para mí, hacia mi masculinidad, y ella era una criatura de Dios, su creación. No podía manejarla sexualmente”

El fenómeno de los asesinos en serie nos invita a reflexionar sobre una de las mayores dificultades del proceso de educación de los seres humanos.
Educar es introducir al niño en las normas morales. La dificultad está en mantener un equilibrio entre la excesiva rigidez y la completa amoralidad.
Una educación en la que las normas no se pudieran saltar nunca, bajo ninguna circunstancia, llevaría a la persona a un estado neurótico imposible de sostener.
Pero, en el otro extremo, una educación en la que las excepciones a la regla fueran constantes, nos llevaría a la fragmentación moral. Es decir, a un estado en el que se podría justificar cualquier acto en función de egoísmos circunstanciales.
Algunas teorías actuales explican al asesino en serie como una persona que, entre otros factores, no ha sido capaz de interiorizar las normas morales debido a la forma en que éstas se le han trasmitido.
Hay asesinos en serie en los dos extremos: por una parte, hay personas a las que se ha trasmitido una rigidez extrema y utópica. Al final, una vez que inevitablemente se han saltado la norma, se sienten tan culpables que les da igual traspasar los límites muchas más veces y en actos mucho más dañinos.
Por otra parte, hay individuos que asesinan porque no se les ha trasmitido ninguna norma. De hecho, se les ha inculcado una: haz lo que te la gana, procura que los demás no se den cuenta, miente lo que haga falta y, si te cogen, utiliza la violencia. Éste es el ideal de muchos padres y esto es lo que aprenden sus hijos.

Detrás de ese ideal está, probablemente, la idea de que el mundo funciona por relaciones de poder y la igualdad es imposible.
Los que así piensan educan a sus hijos para que sean paranoicos y jamás intenten mantener relaciones en las que uno de los dos no tenga el poder. Les enseñan a destruir todo aquello que les intimida. Y el problema llega cuando estos niños se hacen mayores y siguen sintiendo como amenaza a cualquier persona que no dominan.
Se convierten en adultos instalados en el terror, verdugos a los que se reconoce por su cara de miedo, asesinos que temen tanto a los demás que necesitan destruirlos.