LOS QUE NO SALEN EN LA FOTO
Martes, 24 de Abril de 2007El protagonista del post de hoy se hacía llamar, simplemente, Sánchez. Y era pobre.
Su vida y su forma de entender el mundo fueron estudiadas por el antropólogo Oscar Lewis. A partir de Sánchez y a partir de la forma en la que este hombre educaba a sus hijos, este estudioso acuñó el concepto de “cultura de la pobreza”. Ayer Antonio Gamoneda me volvió a recordar que existen personas detrás de esa etiqueta…

Sánchez era, para Lewis, un ejemplo del conjunto característico de valores y prácticas que distinguen a algunas de las personas que viven en la pobreza. Por ejemplo, nuestro protagonista, al igual que muchos excluidos, tenía un gran temor y apatía hacia los principales mecanismos de ayuda del resto de la sociedad. Desconfiaba de todo lo que sonara a institucional, y eso le impedía beneficiarse de las ayudas sociales o de organizaciones no gubernamentales.
Otra característica que nuestro protagonista poseía era la fuerte orientación hacia el presente. Como casi todos los que nacen con menos papeletas que nosotros para el sorteo del bienestar, Sánchez quería las cosas ya. Le resultaba difícil diferir la gratificación, esperar el premio y planear el futuro. Estudios, trabajos en los que no se gana mucho dinero o amistades de las que se van haciendo poco a poco eran, para él, una pérdida de tiempo. Sánchez sabía que los caminos que llevan a hacer dinero rápidamente son siempre peligrosos, pero no tenía fuerzas ni ganas para transitar otros senderos.
Para Lewis, lo más terrible de esta cultura de la pobreza es la facilidad con que se perpetúa. En parte, porque los padres trasmiten a sus hijos esa forma de ver el mundo.
En parte, también, porque la cultura de la pobreza, si las circunstancias no cambian, tiene características adaptativas. En un mundo de pocos recursos económicos, ganar y gastar rápidamente el dinero puede ser la mejor opción. Y desconfiar de las instituciones cuando se es pobre no parece precisamente paranoico.
Sánchez murió hace tiempo. Antes de hacerlo, tuvo tiempo de trasmitir a sus hijos una forma de actuar que les permitiría sobrevivir pero, probablemente, no les ayudaría a cambiar sus condiciones de vida. Para eso, sería necesario cambiar esta forma de ver el mundo. Pero, sobre todo, haría falta cambiar las condiciones económicas que la activan.

Esto último parece lo más difícil.
Mientras tanto, que alguien a quien acaban de dar el Cervantes se acuerde de que existen personas como Sánchez es una buena noticia. Que esa persona diga que él también es Sánchez, es mejor aún. Y que haga una apología de la cultura que los Sánchez del mundo andan creando es, ya, una gozada.
En una de éstas, dejamos de hablar solo los privilegiados y empezamos a escuchar a los que nacieron perdedores.