MANTRA NÚMERO SIETE: “LOS GUAPOS, LOS PODEROSOS Y LOS QUE TIENEN LABIA, TAMBIÉN SE EQUIVOCAN”
Lunes, 12 de Febrero de 2007La prueba de inmersión en el agua se utilizó en multitud de ocasiones para averiguar si una mujer era o no una bruja. Se sumergía a la acusada en un río: si se ahogaba, era una persona normal. Si no lo hacía, era una bruja a la que el demonio había salvado.
En la primera mitad del siglo XVII, el rey Jaime I de Inglaterra explicaba así la lógica de la prueba: “Por eso parece que Dios ha dispuesto, como indicio sobrenatural de la monstruosa impiedad de las brujas, que el agua se niegue a recibir en su seno a quienes han rechazado las sagradas aguas del bautismo y han renunciado voluntariamente a sus beneficios”
Curiosamente, cuando se consultan los tratados de los cazadores de brujas, nos damos cuenta de que la inmersión no tenía como fin encontrar pruebas de brujería para los jueces. Eso no era necesario, porque los magistrados estaban previamente convencidos de la culpabilidad de la víctima. El fin último de este ritual era demostrarle a la misma acusada que era una bruja. Lo más siniestro del tema es la constatación de que el método funcionaba: muchas mujeres, que no eran capaces de explicar lo que había ocurrido, acababan creyendo que habían firmado un pacto diabólico.

Los seres humanos necesitamos integrar la inmensa mayoría de los hechos de nuestra vida en una teoría que les dé sentido. Interiorizamos los acontecimientos dentro de una narración coherente, buscamos causas, explicamos todo con los pocos elementos de que disponemos.
Esta forma de actuar es, en principio, adaptativa. No podemos recordar miles de estímulos si no van integrados en una historia. Y tampoco podemos actuar siempre como si todo fuera nuevo: necesitamos aprender de la experiencia.
Pero nuestra necesidad de hipótesis puede ser utilizada para nuestro mal. Ha ocurrido así a lo largo de la historia, porque la ignorancia del ser humano, su incapacidad de explicar los acontecimientos, era mayor. En la época de la brujería, eran muchos los hechos que no tenían explicación de ningún tipo. No se podía explicar, por ejemplo, por qué una persona creía que volaba cuando se untaba determinadas sustancias. Tampoco se podía explicar el origen de la fuerza brutal que los seres humanos poseemos cuando padecemos una enfermedad mental. Ni por qué una persona podía, a veces, flotar en el agua…

Cualquier personaje siniestro y poderoso podía utilizar esos espacios oscuros sin explicar, porque el mensaje no importa: importa el mensajero.
De hecho, en el año 1000 si la mujer flotaba se consideraba un síntoma de que no era bruja y Dios la había salvado. En el año 1500, la cuestión funcionaba al revés: si flotaba la había salvado el demonio.
Las investigaciones en psicología demuestran que la facilidad con que creemos las explicaciones de otra persona no depende de su coherencia: la credibilidad depende del atractivo, de la sensación de poder que nos produce el individuo o de sus habilidades de comunicación.
Da igual que algo sea incongruente. Si lo cuenta alguien guapo, poderoso y con mucha labia, le creemos.