OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS
Lunes, 19 de Febrero de 2007Walter Mitty es el protagonista de un clásico relato de la literatura estadounidense. En él se nos habla de las anodinas rutinas del bueno de Walter… y de su intensísima vida paralela.

El protagonista es una persona con un devenir común condimentado con cientos de fantasías. Cuando pasa delante de un hospital, Walter Mitty se imagina como un heroico médico que es reclamado en la sala de operaciones: dos eminentes especialistas piden ayuda al Doctor Mitty. En otros casos, según el lugar en el que se encuentra, Walter Mitty se imagina que es un piloto en misión épica, un campeón de tiro, un hombre seductor…
Este relato del escritor James Thurber se convirtió en un éxito gracias a la humanidad que trasmite al reflejar una costumbre absolutamente arraigada en el ser humano: la de fantasear. Según una investigación clásica, prácticamente todos los seres humanos tenemos fantasías cotidianas. Soñamos despiertos en el trabajo, leyendo, estudiando, caminando por la calle…
Sin embargo, no nos solemos acordar de estas fantasías. El recuerdo depende mucho del apoyo social: muchas veces nos acordamos más de lo que la gente nos cuenta que ha ocurrido que de nuestra propia imagen. Las fantasías, al no ser compartidas, son historias difíciles de memorizar. De hecho, cuando se habla de este tema, la reacción de muchas personas es de incredulidad. “Yo casi no sueño despierto”, dice mucha gente. Hasta que empieza a recordar…

La edad es, por lo visto, decisiva en el asunto éste de las fantasías. Los jóvenes dedican mucho más tiempo a elaborar éste tipo de historias épicas. A medida que nos vamos haciendo mayores, sin embargo, el interés disminuye y cada vez empleamos menos tiempo en soñar despiertos. Quizás las fantasías cumplan un papel de anticipo del futuro: nos ayudan a visualizar objetivos y a saber a dónde queremos ir. A medida que llega la madurez, esta función es menos importante: nos centramos más en el presente y menos en el futuro.
Otra posible función de estas fantasías es ayudarnos a salir de la rigidez de planteamientos. Cuando vemos la vida desde lo posible, se nos olvida plantearnos imposibles que quizás no pueden ocurrir, pero son útiles para pensar las cosas de otro modo y encontrar soluciones alternativas. Imaginarnos cómo sería nuestra vida de pareja si fuéramos una famosa estrella de rock puede enseñarnos mucho sobre cómo afrontarla cuando no lo somos.
En honor al protagonista de este relato, se llama “Síndrome de Walter Mitty” a la forma de ser de las personas que pasan más de la mitad de su vida sumergidas en este mundo alternativo. Estos individuos fantasean con amigos imaginarios en la infancia y llegan, en su madurez, a ponerse enfermos imaginando situaciones tensas o a experimentar orgasmos simplemente imaginando una situación erótica.
¿Se puede vivir en este mundo y, a la vez, en otro mundo dentro de éste?
Por lo visto, sí. Muchas personas lo han hecho y han conseguido pasárselo muy bien en los dos. Yo les envidio esa capacidad.