MIRAR DESPACIO
Lunes, 22 de Enero de 2007En uno de sus libros , el viajero Douchan Gersi narraba un encuentro con un taleb, un hombre de conocimiento de una tribu seminómada vasalla de los Tuareg…
De este hombre, al que conoció en Tombouctu, se decía que podía predecir con meses de antelación y durante la estación seca cuánta lluvia caería en la estación húmeda. Un día Gersi asistió a una de sus predicciones. Había venido un vecino de otra aldea a consultarle. El taleb le invitó a tomar un té y luego pidió al vecino que esperara, mientras él dejaba la habitación. Salió al huerto y miró al cielo y los árboles y plantas que crecían en derredor. Al volver, dijo al hombre: “Las primeras lluvias caerán dentro de tres meses. En total serán unos treinta centímetros de agua”.
Gersi esperó a que se quedaran solos y le pidió al taleb que le revelara el secreto. Éste le llevó al huerto (en el sentido más prosaico de la palabra) y allí le conminó a que descubriera las señales que él había utilizado. Obviamente, nuestro viajero no veía nada y al cabo de un rato de búsqueda, se rindió. El taleb le señaló entonces unos pequeños nidos que los pájaros constituían en los arbustos bajos y le preguntó: “¿A qué altura están?”. Gersi calculó que estaban a unos treinta centímetros. Entonces, el sabio le explicó su método:
“Estos pájaros indígenas saben que deben construir sus nidos un poco por encima del nivel del agua. En consecuencia, tendremos algo menos de treinta centímetros de agua en el punto culminante de la estación de las lluvias. Y además, es fácil saber cuándo empezarán las lluvias viendo en qué fase está la construcción de los nido”. Gersi preguntó: “¿Y no se confunden nunca?”. “Si se confundieran“, replicó el taleb, “no habría ni un solo pájaro: el hombre puede equivocarse, la naturaleza no”

Una historia como ésta nos recuerda algo que, en el fondo, todos sabemos: la ciudad y el campo cambian nuestra forma de ver el mundo. Existe una razón que explica en parte esa dicotomía: el medio urbano somete a las personas a un aluvión de estímulos que desborda el potencial del ser humano para procesarlos. Es decir, hay demasiadas cosas y no podemos atenderlas. Por eso, cuando estamos en una ciudad ponemos en marcha un mecanismo de adaptación. Negamos todo lo que no sea relevante para la situación que nos toca vivir. Podemos ver un taxi que sea acerca entre una multitud de coches, pero en ese mismo momento ignoramos a un hombre tendido en la cuneta porque creemos que está borracho.
El umbral de atención de los que están en contacto con la Naturaleza es mucho más elevado que el del habitante de un entorno urbano. Para que algo llame la atención a una persona de la ciudad tiene que tener un volumen muy alto, ser muy novedoso o resultar muy chocante. Si no, acabará por ignorarlo.
En el medio urbano, esa técnica es muy adaptativa. Pero en el campo, donde lo importante es la Naturaleza (un estímulo que habitualmente suele ser sutil) la táctica no funciona. Allí están mejor adaptadas las personas como este taleb al que conoció nuestro viajero.
Allí son más felices los individuos que son capaces de mirar algo despacio aunque este algo no sea ni muy grande ni muy ruidoso.