Archivo de Enero de 2007

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Martes, 30 de Enero de 2007

Todd Bowden, un muchacho de 16 años del que sus padres presumen (buen estudiante, niño autocontrolado,…) tiene un vecino al que considera una persona pacífica y tranquila. Un día Todd día descubre que bajo esa apariencia se esconde un antiguo criminal de guerra nazi…
Este es el principio de “Verano de corrupción”, una película basada en un relato de Stephen King.  Su historia habla del bien y del mal, del lado oscuro que todos llevamos dentro de nosotros y, sobre todo, del riesgo que existe cuando no se asume lo que vemos en nuestro interior y no nos gusta. 
Todd decide no denunciar a su vecino.  Le vende su silencio a cambio de que el antiguo militar asesino le cuente con pormenores qué se siente al matar.  Y es que Todd también tiene su lado oscuro…

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“Verano de corrupción” incide especialmente en la imposibilidad de los protagonistas para aceptar tendencias de las que no se sienten orgullosos.  Todd no puede aceptar que se parece más a su vecino de lo que él cree.  El antiguo militar nazi no asume su sadismo: justifica sus crímenes como una necesidad ideológica.  Y los padres de Todd no quieren ver quién es realmente su hijo: se sienten, probablemente, impotentes para asimilar la verdad.
 ¿De dónde viene esa incapacidad para ser conscientes de nuestro lado negativo?
En el moderno mundo euro-americano, tendemos a creer que todas nuestras tendencias psicológicas se pueden y se deben intentar cambiar.  Y ésa es una de las razones por las que no asumimos las inclinaciones de las que no nos sentimos orgullosos. Si las reconociéramos, nos sentiríamos obligados a acabar con ellas.  Y como no creemos ser capaces de cambiar esas tendencias, preferimos no darnos por enterados y zanjar el problema.
Sin embargo, a pesar de lo que nos quieren vender, todos sabemos que hay cosas de nosotros mismos que podemos cambiar y otras que no. Quizás todo dependa del grado de profundidad del tema en cuestión: nuestras inclinaciones más arraigadas tienen un origen biológico y estarán siempre junto a nosotros.
Cuando luchamos en exceso contra aquello que no podemos cambiar, la frustración nos hunde en un mar de desesperanza y falta de confianza en nosotros mismos.  Y eso nos hace perder fuerzas para afrontar las cosas que realmente podemos cambiar. Por eso me preocupa tanto la creencia de que podemos dar un giro a cualquier aspecto de nosotros mismos: personalidad, adiciones, sentimientos… Me parece que obliga a las personas a adoptar la táctica del avestruz cuando hablan de sí mismos: no se ven para no tener que cambiarse. 
Es muy difícil controlar aquello que no queremos saber que existe.  Detectando el problema, aunque no podamos acabar con él, podremos minimizarlo para que sus efectos no sean demasiado grandes.  Pero si hacemos lo mismo que el protagonista de “Verano de corrupción” y nos conformamos con pensar que el problema lo tiene el vecino, se lo ponemos muy fácil a nuestro lado oscuro. 
Porque, si no queremos verlas, nuestras tendencias más siniestras pueden acabar apoderándose de nosotros.

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