Archivo de Noviembre de 2006

ME LO HAGO SOLO

Lunes, 27 de Noviembre de 2006

Una de las modas culturales más curiosas que han existido fue el movimiento de los excéntricos ingleses. Los protagonistas de esta corriente de pensamiento han sido apartados de los libros de historia, pero yo creo que sus comportamientos y sus reivindicaciones siguen vigentes…

Allá por el siglo XIX, en Inglaterra, se puso de moda ser excéntrico. ¿Y qué quería decir eso? Pues, por ejemplo, el hecho de que existiera ese movimiento servía para justificar que John Christie construyera un teatro para él solo en el que se escenificaban óperas y en el que solo estaba permitido llevar traje de noche y calzado deportivo. Y también servía para que nadie se extrañara de que, en aquel lugar, los asistentes (a los que el anfitrión cambiaba de nombre cuando le apetecía) pudieran dejar sus animales de compañía en una cafetería construida para la ocasión.
Las extrañas costumbres de este buen hombre son solo un ejemplo de lo que significó este movimiento que, a fin de cuentas, pretendió ser una reivindicación del gusto por la soledad. Los excéntricos eran personas a las que les gustaba mucho estar solos y escogieron el absurdo y el humor como modo de conseguir su soledad elegida.
Otro ejemplo: cuando viajaba en tren, el decimocuarto barón Berners conseguía un departamento para él solito. El método era sencillo. Se encasquetaba un bonete negro y unas gafas oscuras e invitaba a la gente a que se sentara junto a él. Si alguno se atrevía a hacerlo a pesar de su aspecto, se liberaba pronto de él sacando un gran termómetro y tomándose la temperatura cada cinco minutos con el acompañamiento de ruidosos suspiros.
Más ejemplos: otro famoso excéntrico, el quinto duque de Pórtland, un maniaco de la intimidad, se negaba a admitir en su dormitorio incluso a su médico. Obligaba siempre al galeno a ejercer su profesión haciéndole preguntas a través de un criado.

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Buscar la soledad no es sencillo. Vivimos en un mundo que fomenta la extraversión, es decir, la tendencia a estar siempre acompañados. Nuestra sociedad tiende a olvidar las diferencias entre introvertidos y extravertidos y es difícil convencer a muchas personas de que las dos tendencias son igual de sanas.
Las personas introvertidas necesitamos más momentos de soledad, las personas extravertidas menos. Aunque los introvertidos no tenemos porque ser tímidos y podemos tener una vida social muy intensa (de hecho, el citado duque de Pórtland mandó construir un salón de baile para dos mil invitados) somos personas que precisamos aislarnos muy a menudo. La razón es biológica: los introvertidos tenemos una gran activación cortical y necesitamos “descargar” de vez en cuando nuestra estimulación interna. Los extravertidos, por su parte, tienden a lo contrario. Buscan continuamente estimulación externa y sienten cualquier momento sin contacto social como algo frustrante. Los introvertidos luchamos continuamente por conseguir soledad elegida, los extravertidos luchan por huir de la soledad impuesta…
Cualquiera de las dos aptitudes puede hacer a una persona feliz. Mientras uno pueda vivir en función de sus tendencias, ser introvertido o extravertido no es un problema.
Supongo que somos muchos los que preferimos no parecer raros y vivir en una sociedad que nos deje seguir nuestras tendencias naturales sin tener que recurrir a actitudes insólitas. Pero bueno, si hay que ser extravagante, es mejor serlo con estilo. Y en eso los excéntricos eran unos maestros.




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